Que la vida iba en serio, eso lo descubrí más tarde. Como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante.

30 julio 2004

            Dos pensamientos me rondaban la cabeza desde ayer. Dos pensamientos que no me podía quitar de encima, que han entrado en mis sueños. El primero en el fondo y en segundo en la imagen de lo que he soñado esta noche (Sí, esas relaciones extrañas y a la vez tan reales que hacen los sueños). Dos pensamientos que se han visto eclipsados por un sentimiento.
            Primero me llamaba la atención la costumbre tan humana de meterse en la vida de los demás, independientemente de qué relación se tenga. No me refiero a preguntar a la gente por sus cosas, ni ha hablar de ellas, generalmente para mal (mientras los que deberían hablar callan, y así va el mundo). Tampoco a imaginarse las historias que arrastran esas personas que nos llaman la atención de vez en cuando. Me refiero a la costumbre de juzgar a la gente, sean quienes sean; los conozcamos de lo que los conozcamos. Generalmente de poco, por no decir que únicamente hemos compartido espacio en un vagón de metro, o cafetería.
            Y me llama la atención porque ya varias veces, desde un coche, o un vagón de metro que se cierra, me han dicho algo. Nunca acierto a entender lo que, y me queda la curiosidad de saber qué les ha llamado la atención de mi ropa o físico que han hecho el esfuerzo de decirme algo, en lugar de dejarme a un lado como a tantos desconocidos, cada día, en cada punto de la ciudad.

            Después por la tarde, he comprendido la importancia de la estética, de las formas. Nueve de la noche, vagón de metro a media capacidad, entra una pareja de sudamericanos de alrededor de cuarenta años. Él, gris, uno más del montón. Ella, menos del metro y medio, más de los setenta kilos, con un vello facial más que visible, comienza a dar de mamar a una criatura de unos dos meses de edad. Esa imagen me ronda desde ayer por la tarde.
            Hay parte de la estética que viene dada, que nos ha tocado, se puede ser guapo o feo, más guapo o más feo; pero hay un gusto, puede que heredado, puede que aprendido, que es casi necesario (y que nunca tuve, salvo en ocasiones).

            Y hoy, todo, menos la imagen, ha perdido importancia. Hoy salía la nota del segundo ejercicio, de ese ejercicio que me hubiese gustado hacer. Después de casi dos meses suspendido, pensaba haberlo superado, y, cómo vivo al lado del lugar donde se publican las notas, he ido para avisar a los aprobados.
            No ha sido una sensación de envidia, tan común en general, y particularmente entre Tarifa y los Pirineos. Ha sido una sensación de volver a fracasar, de sentir que yo debería haber tenido la oportunidad de enfrentarme a ese examen, de sentirme humillado en cierta manera otra vez al tener que llamar a los aprobados, a mis compañeros.

            Pasado mañana me marcho, para un més, por fin. Los casi cuarenta grados me han mantenido en un estado de sopor casi envidiable si no fuera por el estrés acumulado. He leído algo y estudiado, pero no he escrito. Ahora lo hago como comienzo de un posible paréntesis que durará hasta septiembre.
            Ningún plan en el horizonte, mientras media humanidad se baña en playas, paradisíacas o atestadas, buscando algo nuevo, mientras media humanidad cambia por unos días de ciudad e incluso de país. Yo sólo busco el volver a mi casa, para poder aburrirme de ella. Para desear volver.

15 julio 2004

Desde hace varios años suelo ir al cine solo. Lo hice un día, por circunstancias, y hoy rara es la vez en que voy a la taquilla acompañado. Los gustos, más o menos parecidos: salvo excepciones, películas de autor, en versión original cuando es posible. Sin embargo, últimamente estás películas me están haciendo pensar demasiado; nunca me gustó el cine de pasar el rato como objetivo, aunque tampoco hace falta que todo sea desagradable. Pero ahora, cuando veo una película, se me ocurren demasiadas ideas, me vienen a la cabeza situaciones que he vivido o que he conocido de cerca, libros en los que se toca el tema, canciones que hablan sobre ello.
El viernes fui a “El último beso”. Una película italiana casi del corte de “Tu hada ignorante”. Las dos me gustaron mucho y las dos hablan de la vida común de los mortales, sin excesos ni en el lujo ni en la miseria, aunque cerca de ambas. Y descubrí que, dentro de esos márgenes, la vida se resume a hacer o no hacer y a saber que se puede hacer, en el sentido amplio del verbo.
Creo que, de los tres elementos, el más importante es el tercero. Saber que se puede hacer. Es el concepto de libertad: tener posibilidades para elegir. Aunque luego elijas quedarte donde estás. Saber que puedes leer lo que quieras, salir a la calle y conocer gente (como si fuera tan fácil), viajar… soñar con hacer algo y saber que se podría conseguir, eso es la libertad.
Eso quiero creer. Quiero creer, como Sísifo para Camus, que quiero llevar la piedra hasta la montaña para que caiga de nuevo, que quiero pasar estos años en esta habitación estudiando. Para ser feliz hay que querer lo que se hace, decía Sartre. Para saber que soy libre voy cada día hasta la puerta y la abro, para ver que puedo salir (el peluquero del marido de la peluquera).
Y aquí estoy, soñando con ser algún día diplomático, mientras el ministro de Asuntos Exteriores español se vende a cualquiera con 100 kilos de dinamita, siguiendo el consejo de Daniela (la mexicana de París, me la encontré en Madrid, me invitó a comer, y me recomendó humildad), esperando que llame Helena (otra vez capricho de niña rica), que Alexia quiera ir a Portugal, pensando en Santi (me dijeron que ese que presentó como su amigo era su novio, y desde entonces, aunque no me importe, me viene a la cabeza cuando me despisto), intentando no pensar en que tengo que volver a casa (porque la guerra que me dan mi padre y mis amigos de otro tiempo raya el surrealismo), recordando las confesiones de un compañero de “cuartel” (26 tacos, virgen, y sin conocer la masturbación hasta los 25), y esperando, como siempre, algo nuevo a la vuelta de la esquina, para sentir que vivo.

07 julio 2004

Dicen que cuando alguien a quien quieres se va, toda la ciudad se queda desierta. El jueves por la noche se marchó Frederik, mi amigo francés, uno de los pocos que cuentan en los dedos de mi mano mutilada. Y la ciudad sigue llena de náufragos buscando un lugar donde secarse al sol. Es mi tiempo el que se ha quedado desierto. Tardes de domingo, días de entre semana, una conversación sin que las palabras fueran necesarias. La amistad sólo llega cuando el silencio no es incómodo. Recordaré siempre cómo se le escaparon dos lágrimas cuando nos abrazamos, en estos tiempos en que ya casi nadie entiende que exista el amor-amistad.

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