Que la vida iba en serio, eso lo descubrí más tarde. Como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante.

31 mayo 2004

Creí que con el despertar a la realidad del último fin de semana había sido suficiente. Me equivoqué. Por si fuera poco descubrir que la envidia puede deshacer una amistad de años (yo pensaba que eso sólo podían hacerlo cabellos de mujer) encontré nuevos aspectos de realidad a los que enfrentarme
El viernes, tras el examen, en vez de ir a la feria del libro, empecé la noche, sin haberlo planeado, en una cena con 3 compañeras. En principio, sólo parecía un compromiso más. Pidieron cerveza, y se soltaron el pelo. No es que machacasen a media humanidad menos a mí (muy habitual, hasta que te vas y pasas a formar parte de esa media humanidad). Peor. La música comenzó cuando hice un comentario con doble sentido, que sólo debería haber pillado una de ellas, pero fueron dos las que se rieron. Después, simplemente me sacaron de la conversación sin piedad, hasta que pude encontrar una salida airosa.
Empecé a entrever el tejido de las relaciones con el otro género. Sonrisa de beata y beso de Judas. Lo que para mí había sido el paraíso en la tierra es el dulzor con el que se enmascara el veneno. No somos más que demonios disfrazados de ángeles; el infierno son los otros, pero nos necesitamos mutuamente.
Acabamos de cenar y pude evitar el que la conversación siguiera; aproveché el momento para despedirme con una frase demasiado irónica y me fui a la cita con un amigo. Me hacía falta salir de copas y reirme y era la ocasión. Mojitos y cervezas se alternaban, yo sólo conocía a uno de los 3, pero la conversación fue agradable y la borrachera, común.
En un momento de la noche vi algo que me sacó de las nubes de alcohol. Una despedida de soltera en la que todas estaban serias. Hay días en los que se madura de repente, y este viernes fue uno de ellos; no sólo por lo de la cena. Las invitadas a la despedida no sabían ni la edad ni la fecha de la boda de la futura esposa. Me quedé de piedra. No fui capaz de imaginar los invitados a la boda.
Antes de volver a Alcatraz con mi amigo, comimos una pizza en una plaza del viejo Madrid. Conversación de confesiones. Siempre se cumple: el que va de duro es, en el fondo, el más blando. Tenía ganas de una conversación de este tipo. En un rato se aprende más, de la persona y de la vida, que en muchos cafés.
Sábado, día familiar, ese paraíso del que no se puede ser expulsado, con la familia en cuarto grado que tengo en Madrid. Mi prima tiene una niña de 4 años con un camerunés que creo que no ha visto nunca a su hija. Me hace pensar en que, al final, la sonrisa del niño es lo que nos queda. Siempre odié el nepotismo, y el viernes más que nunca, pero hay veces que, desde el corazón, lo llego a entender.
Al final del sábado me encontré a un compañero, que si algo se puede decir de él es que es buena persona. Recordé mi adolescencia. Él estaba con su novia y sus amigos: todos eran catequistas en una parroquia. Pilar, el día que conocimos a su novia dijo que parecía catequista: acertó de pleno. Me da miedo saber que vio en mi para dejar de llamarme. Yo pasé mi adolescencia en una parroquia, y de vez en cuando me viene a la memoria esa época. Ya no me acuerdo la última vez que salí a comerme el mundo. ¿Cuándo se pierde la adolescencia? ¿En qué se transforma esa relativa inocencia?
No me gusta beber porque deja resaca. No la del dolor de cabeza y el malestar del día después, sino la de ansiedad y depresión de la segunda mañana. Decido vencerme a mí mismo esta mañana de domingo. Me levanto y busco un lugar para ir de excursión: Segovia. Desde que tengo el destino en mente empiezo a descubrir de nuevo al Dios de las pequeñas cosas: la sonrisa de la chica que me deja el papel para tomar las notas de este texto (papel en sucio que por la otra carilla habla irónicamente de la inmigración), el sol a orillas del Manzanares mientras espero al autobús; pensar que necesito gafas y zapatos nuevos que espero estrenar una tarde de verano; un día de excursión o ir de vez en cuando al cine al cine (conocí el sábado a una boliviana que había ido ese día por primera vez. Me pregunto cómo debe ser la vida sin tener contacto con esos sueños que otros hacen nuestros).
Segovia es preciosa, aunque tiene la sequedad ibérica que hace que cada esquina te hable del carácter de sus gentes. Religión (en sus diversas formas), seriedad y los adornos imprescindibles. Me parece ver a Pilar en la catedral (voy a tener que llamarla para quedar mal con ella premeditadamente y, así, quitármela de la cabeza). Pateo las calles y cuestas por la sombra, buscándolas (a la ciudad y a ella). Viajar solo tiene ventajas, pero el inconveniente de marcharse a media tarde, cuando todo se ha visto ya y no hay nadie para comentarlo. Por eso envidio algo los autobuses de italianos y los grupos de británicas descalzas que atiborran la ciudad; pero sé que no pueden perderse entre las calles.
Me vuelvo a Madrid a media tarde, dormido en un autobús lleno de extranjeros, soñando que voy con los amigos con los que alguna vez viajé.

26 mayo 2004


Uno vive fuera desde hace un par de años, intentando labrarse un futuro. Cada dos meses más o menos vuelve a su ciudad natal, tanto para descansar como para no perder el contacto con los amigos de la adolescencia, esos que conforman la patria de cada uno.
Se es consciente de que la vida cambia a las personas y de que los gustos de cada uno evolucionan, no siempre en la misma dirección que los de aquellos con los que, una vez, compartió su vida. Pero no por eso se tiene que evitar a la gente de antes, ni buscar algo que no sea concordia, aunque no siempre es fácil.
Por eso, lo de este fin de semana me dejó de piedra. Cena en casa de un amigo de toda la vida. En la cena tres o cuatro puñaladas de esas que tienes que reir para no estropear el ambiente (los otros 2 no se enteraban). Pensaba que lo difícil había pasado, pero en un bar de copas, aprovechando un despiste de esos que se tienen cuando se va un "poco" borracho, me entran "a matar".
La excusa, lo que dije en el momento. El fondo, cosas guardadas desde hacía años. Ese resquemor por cosas de otra época es lo que me deja descolocado. Una noche de borrachera se puede discutir con cualquiera, y no pasa nada, o no debería. Pero sacar en un momento dado papeles de otros tiempos, es demasiado.
Por si pensaba en volver dentro de poco.

20 mayo 2004

Hoy ha sido un día maravilloso, como hacía tiempo (pena que mañana me la juego). Me he ido al museo Sorolla (bien bonito) y había una visita de niños de 3 y 4 años. Las respuestas a las preguntas que les hacía el guía eran para morirse de risa.
Me he ido a clase de foniatría (no me reconoce ni mi madre) y he oído cantar a la chica que va antes. Canta Mecano y ha mejorado bastante desde la primera vez que la oí. Me encanta hacerlo. Es lo único bonito con lo que tengo contacto en toda la semana.
Preparando el examen encontré una cita de un tal Rollo May. Llevaba un mes pensando que era una civilización perdida de Mesopotamia o de la américa precolombina y resulta que es un tío que vivió a principios del siglo pasado en los Estados Unidos. Para haberla "cagao" pero bien.
Y al final, como siempre que hacía un examen en la uni, peli. Irlandesa en versión original "Intromision". Muy muy buena.
Y ahora, nervios que no tengo ni hambre y llevo 2 días sin dormir. Y mañana, lo dicho, 2 años encima de la mesa.
Y el sábado: me levantaré en Pamplona, en mi casa, que ya tengo ganas de perder de vista, aunque sea dos días, a toda la peña con la que vivo. Que no los puedo ni ver.
El lunes empieza la caña de verdad.

19 mayo 2004

Nunca pensé que uno se podía cansar tan rápido de la gente. Cuando se es niño, todo el mundo te trata más o menos bien, te sonríe, o por lo menos no te trata mal. A veces se discute con otros chavales, pero, en general, todo se olvidaba en seguida.
En la adolescencia las cosas eran más o menos parecidas. Los meses no acababan de pasar, y parecía que siempre iba uno a vivir rodeado de la misma gente. Como se tenía la impresión de haber elegido a los amigos, tampoco era nada malo.
Un día, de repente, te das cuenta que eres adulto. No porque sientas nada diferente o te veas distinto. Ante el espejo te crees que tienes 20 años y todavía te fías del mundo. Pero el mundo ya no se fía de ti, sino que intenta aprovecharse de lo poco que tienes, y cuanto menos tienes más tajada quiere sacar. Ese día te cambia la mirada.
Una vez en este estadio, poco te fías de cualquiera que tengas al lado. Se observan los detalles, los gestos, cada comentario. Las conversaciones se cuidan, se piensa lo que se dice y, si se dice lo que se piensa, generalmente es para arrepentirse. Se echa de menos esos amigos con los que siempre hubo confianza, y uno se pregunta dónde estarán, mientras no se puede acordar de cuándo les vio por última vez.
El periodo maravilloso de la adolescencia toma esos colores sepia de las fotos viejas. Vienen a la cabeza las equivocaciones, los errores del momento, que no eran sino miedos de niño y falta de experiencia, aunque a veces creamos que los únicos que nos equivocamos alguna vez fuimos nosotros.
Se busca a alguien con quien tomar una copa tranquilo, intuyendo que ese alguien no existe. Se tienen todos los días las mismas conversaciones de café, que ni aportan algo ni dan confianza, sólo prestan un rato de compañías. Se pasea solo, mirando las parejas besarse, a las familias con hijos pequeños ir al parque. Se buscan unos ojos comprensivos en el metro o en el autobús. Se empieza a estar cansado de la gente.

14 mayo 2004

Ya hay fecha: el 21. El viernes que viene. 2 años de trabajo que se tienen que reflejar en 2 horas, frente a 330 adversarios. No se permite ni un error ( a los que nos apellidamos como todo el mundo, por supuesto). Tensión, noches de imsomnio, y una ilusión que cumplir.

10 mayo 2004

Hoy domingo he ido al cine, “El abrazo partido”. Una muy buena película. Como siempre, he ido solo. Empecé a hacerlo hace 5 o 6 años, y, generalmente, me gusta porque uno se mete más en la película. Hasta hoy, hacía tiempo que no lo hacía, y hoy me he dado cuenta de por qué: cuando no vas tranquilo no te concentras nada.
Hoy tenía mucho en que pensar. Recordé que, el jueves, al entrar en el metro, me pareció ver a Pilar, la chica de la que estaba enamorado (en la vida hay que tener ilusiones, y si no las tienes te las inventas). Se me encogió el estómago. No lo esperaba, no pensaba que me iba a acordar de ese modo. Antes de eso, la última vez que pensé en ella fue en semana santa, cuando le envié un mensaje porque necesitaba unos libros. Nunca contestó.
Con ella fui algunas veces al cine, por eso la recordé. Como recordé la de veces que me he paseado, y me paseo, por Madrid, solo, con el pelo alborotado, la mirada un poco desafiante (según los escaparates), el paso lento. Nadie a quien esperar, ningún lugar a donde ir. Si hay un escritor que me parezca malo, sin duda, es Paulo Cohelo. Sin embargo, leí un artículo suyo y hay que darle la razón. A la larga, nada hay tan malo como la soledad. Y a la larga también, se desarrollan dos actitudes. O se es desafiante, como queriendo mostrar que es uno quien ha elegido ese camino; o se es melancólico, entendiendo perfectamente lo que eso implica.
Esta situación me llevó a una pequeña equivocación. En una fiesta me presentaron a un tío, Alex, simpático y con quien se podía hablar. Al final me tiró los tejos. A mi nada me parece más feo que un hombre. Lo entendió pero me dio el teléfono. Le llamé para tomar algo. Quedamos y el creyó que yo quería liarme con él. Fue tenso. No me lo esperaba.
Será otro rostro más en el camino. Esa es la sensación que tengo cuando subo a un autobús. Que cada uno es como un autobús, que sale solo de cocheras, durante su trayecto ve a un montón de gente, pero todo el mundo se baja.
Hablando de autobuses; suelo escribir que no me gusta el sitio donde vivo, que parecen todos zombies y que no sé cómo no salen. Cogí el autobús que para en la puerta, y me empezó a dar miedo la calle. Quise volver a Alcatraz cuanto antes. Es el autobús que va a un hospital cercano, así que está lleno de gente que va de visita. Casi todos son ancianos con enfermedades en la piel y la mirada curtida por los años. Me dan miedo. Me da miedo acabar en un autobús como lo han hecho ellos. Me horroriza el olor. Me horrorizan los pequeños detalles (hubo uno que llevaba una carpeta hecha con cartones de leche).
El miedo a la gente me hace estar solo, y el pensar que voy a pasar mi vida en una barra de bar esperando que el camarero “ponga la oreja” me produce parálisis. No me acuerdo la última vez que me dieron un abrazo. Me da miedo que, al final, un día, una mujer me de un beso en la boca, porque se me escaparía una lágrima. Las tengo a flor de piel, pero no salen. No las tengo por dolor, sino por tensión. Creo que llorar cura.
Lo mejor que me ha pasado últimamente es ir a clases de canto. Sí, como me ahogo al hablar, me han enviado a aprender a cantar. Nunca fui capaz. Pero ahora por lo menos el aire sale ordenado por mi boca. Lo que más me gusta es llegar antes de tiempo y oír cantar a la chica anterior. Nunca pensé que podría algo ser tan bonito. Me hace falta más belleza.

05 mayo 2004

Ultimamente no he tenido mucho tiempo para escribir, porque estoy "cardiaco" con lo del examen. No se convoca, a pesar de que será en mayo, y el cambio en la estructura ha trastocado todos los planes. A ver que pasa.
De momento el país va bien, tirando a mejor. El ministro de interior dice que va a controlar a los imanes. No me imagino que hubiera pasado si la medida la impulsa el PP.
Pero, más dificil todavía, Esquerra Republicana de Cataluña (si Cataluña nunca ha tenido rey no sé como podría ser monárquica, y si son republicanos será que tienen algo que ver con España) dice que lo de celebrar un festival andaluz en Barcelona no puede ser. Más vale que celebran el foro de las culturas y no el de la estulticia y la estrechez de miras. Andaluces no, pero de cualquier otro sitio si.
Y encima Rato en el FMI, sólo falta Aznar de Secretario General de la ONU y que Letizia y el Príncipe no puedan tener niños y adopten un saharaui.

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