Que la vida iba en serio, eso lo descubrí más tarde. Como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante.

27 febrero 2004

La semana ha sido demoledora. La más rara desde hace tiempo. Si no he escrito ha sido por eso: porque me veía raro. No físicamente, sino me parecía raro lo que hacía, lo que decía. Me parecía que era otra persona, y yo la veía desde fuera, me "veía" y no me gustaba nada su manera de ser, de hablar, de decir las cosas, de actuar.
Cosas que he pensado siempre, estas cosas que cada uno tiene como pilares más o menos estables en el largo plazo, y que rigen sus actuaciones (dentro de lo incosecuente de cada persona), me parecían errores de bulto, barbaridades sin sentido. He dudado de todo lo que pensaba estar seguro.
En parte creo que es porque, en los últimos meses, de repente, cosas de mi infancia me han venido a la memoria. Pequeños detalles sin importancia, pero que, por alguna razón que todavía no comprendo, estaban guardados en algún rincón de mi cerebro. Es curioso cómo detalles que, hoy, son intrascendentes, en su momento tuvieron importancia, y quedan grabados para siempre. No se puede volver atrás, y, si dolieron, siguen ahí clavados. No sabría poner un ejemplo claro, pero sería algo como que no te dejaron leer el libro que tu querías, o pintar como querías o te dejaron en ridículo delante de una clase de niños de 4 años; hoy no tiene importancia, pero entonces la tuvo. Y no se puede hacer nada. Y mi infancia fue feliz, pero no me he enterado hasta ahora. Otro día hablaré de ello.
No se si es por esto, pero he acabado por dudar de todo lo que hago. Me encuentro sin criterio para dirigirme por el mundo. Me parece no haber salido de "Alcatraz" nunca, como si lo que viví antes fuese algo que una vez leyera en un libro o viese en una película. Durante un momento pensé que mi sitio era este, que nací para ver pasar los días por mi ventana, por esta ventana. Y me dio miedo. Siempre había pensado que nada había escrito en la vida, ningún resultado estaba determinado, y cada vez que se tomaba una decisión, por mínima que fuera, cambiaba el resto de acontecimientos.
Hoy no creo en esto, ni creo en el destino. No sé por qué hago las cosas, ni por qué las elijo o desecho. Por unos días, la rosa de los vientos de mi mapa se ha borrado. Espero recuperarla pronto.

20 febrero 2004

Por fin entró el encabezado nuevo. Tiene menos luz que el modernismo; sabe más a algo general. De momento lo conservo. Voy a tener que darle la razón a J: el zyrtec es dinamita legal. Llevó 30 horas sin levantar cabeza, del sueño que da, y lo peor es que el ebastel por lo menos da la sensación de flotar, pero el zyrtec sólo machaca sin piedad.
Estoy tumbado bocaarriba, sin moverme mucho del sueño. La boquera del estrés no me deja ni bostezar a gusto y no hay quien la quite. El ambiente apesta a colonia: con la tontera se me cayó el frasco que tenía desde hace 5 años y ahora no hay quien pare. Siempre me gustó más la colonia de mujer. (Cuando viví en Londres, el sábado y el domingo a la mañana, mientras desayunaba para ir a currar, el piso olía a la marihuana de mi vecino y al perfume de su novia. Me encantaba).
La semana ha sido de las chungas, aunque ya se pasó lo de buscar calor. Sé que no hay. Demasiadas coincidencias me hacen pensar el algo malo en el futuro. Hecho de menos a la única bruja de verdad que he conocido para preguntarle.
Como todo el mundo, no es que crea en estas cosas, pero cuando aciertan 3 o 4 veces algo que parece increíble, acabas dudando. Y quien no lo cree en absoluto, quien no duda al fuego de una hoguera en las noches estrelladas de verano.
Como la semana ha ido justita, me ha dado tiempo para (intentar) pensar en lo que leí en un blog sobre la soledad y en el de Hache sobre el triunfo.
El triunfo, en la vida, es verdad que no se perdona. Pero el fracaso tampoco. Triunfar se puede de dos maneras: gratis o por aburrimiento. Por aburrimiento, la menos común, es encerrarse en una habitación y cambiar tu juventud por el sueño de ser registrador.
Gratis, se puede de dos maneras: jugando a la lotería (no conozco a nadie que conozca a alguien que haya acertado una primitiva) o heredando. Este subgrupo, a pesar de no haber hecho nada en su vida, no puede soportar a los afortunados de aquel. Aunque ninguno haya hecho nada para merecerlo. Los nuevos ricos no tienen sitio, ni en el círculo que dejan (no te toca la lotería para ir al bar de siempre) ni en el que entran. Los viejos, aunque se envidien mutuamente, tienen conciencia de clase.
Los triunfadores por aburrimiento tampoco son mucho mejores. Creen que no le deben nada a nadie (y no se lo deben a la mayoría de sus antiguas relaciones) y saben que casi nadie les perdonaría un fracaso. Resultado: cuando llegan arriba reniegan hasta de sus hermanos de sangre. Saben lo que ha costado, y saben que no tuvieron a nadie al lado. Y si lo tuvieron, ya no lo necesitan. Los que les ayudaron se sienten traicionados y los que no lo hicieron envidian su triunfo y les odian como a estigmatizados.
Sí, el triunfo no se perdona. Pero el fracaso, lo que la sociedad llama un fracaso, tampoco. Nadie habla al que fue y ya no es; y menos al que intentó el aburrimiento.
La razón: eres juzgado por lo que representas, no por lo que eres. Gente que apenas te conoce de nada, te juzga por una frase o un gesto. Y el veredicto depende de qué seas, no de quien seas. A nadie le interesa el contexto, el sentido de una frase en el marco de una vida. Todos juzgamos y todos nos sabemos juzgados. Es cruel. Somos crueles.
Comentando con J lo de buscar calor, me dijo que hablo de amor eterno pero que entre líneas se ve algo más mundano. Y es cierto. Pero no lo es menos que, para mí, el amor del poeta no es más que una mano que aprieta la tuya, en medio de la noche, sólo por quien eres. Nunca por lo que eres. Un amigo es ese alguien con el que compartes cosas como persona. Ese modo de ir por la vida que no depende de si tienes tarjeta de visita ni de lo que ponga en ella. Nada más mundano; nada más sencillo; y pocas cosas más difíciles de encontrar.



P.D: Existe un caso-frontera: triunfo a medias ganado a medias regalado. El ejemplo es Leticia Ortiz. Haga lo que haga se le va a criticar: es muy poco ético que “coloque” a su padre y a sus hermanos; pero hay que ser cabrón para ser princesa y no colocarlos...

18 febrero 2004

Estoy intentando cambiar el encabezado, pero el sistema no me deja. El objetivo: cambiar algo en mi vida, y como dejar de mirar por la ventana no puedo, intento cambiar, un poco, el cristal.
Los versos que quiero poner los encontré saliendo del metro, en ciudad universitaria. Bastante agudo el humor del que lo diseñó (son decoración de la RMM). Quizá miedo al cambio o mejor, un aviso de amigo.
Ayer me olvidé acabar con estos otros de Aleixandre: "Recordar es obsceno, peor, es triste. Olvidar es morir."

17 febrero 2004

Hoy vengo con ganas de vomitar alma. Mi gramática suele ser retorcida, y acostumbro a dar sobreentendidos no muy claros. Intentaré la claridad.
El permiso me ha sentado muy bien; quizá demasiado bien. Volver a casa siempre es bueno. Estar con la familia, generalmente, llena de moral; y ver a los amigos y sentir que, más o menos, siguen como antes del ingreso, es bonito. Te recuerdan que la vida sigue. Hacen que dejes de hablar solo, y hasta las voces que resuenan en los oídos enmudecen por unas horas. Dan fuerzas para seguir.
Pero esta vez la vuelta a sido muy dura. Me falta algo. Siempre me ha faltado algo, aunque ahora es una sensación de vacío que se cuela por todos los resquicios, que rezuma de cada elemento de la habitación. Cada paso, cada sonrisa forzada, cada saludo mecánico por el pasillo está lleno de ese vacío.
Recuerdo un comentario de Routine, que decía que con tanta inicial no se aclaraba. Le contesté que no eran más que fantasmas del pasado. Si. Nada más que personas (casi siempre del otro sexo) que, un día, compartieron conmigo su tiempo y su calor, pero que hasta hoy sólo salen del oscuro fondo del corazón, donde están escondidos, para darme su calor alguna noche.
Hoy me faltan esos fantasmas. No hay mails perdidos que traigan un recuerdo agridulce; y mucho menos mensajes al móvil que sonaban como una campanada. Hoy no sé donde voy a encontrar calor para seguir.
Le dije a un amigo, este permiso, que sentía como que una de entre todas, Mar, era mía. No quiero decir que me pertenezca, porque nadie es dueño de nadie. Pero me marcó en lo más profundo de mi ser. Después de año y medio sin vernos, me llamara sólo para decir que empezaba una relación con otra persona, fue extraño. Cuando estuve con ella “sentía celos de la muerte, que nos separaría”; hoy siento celos y envidia de aquel que esté con ella. Soñé, esta semana, con ella y su pareja, y me dolió tanto que no me hubiese levantado de la cama para poder disfrutarlo a solas. Sin tener que esconderlo.
Del resto de fantasmas, hay quien no me dice nada. Otros no llegaron a serlo, y duelen porque es calor que nunca se tuvo. De entro todos Agata, la polaca, me marcó a su manera. Era la alegría en persona, siempre risueña, con ganas de reir y de disfrutar de la vida. Me quiso como nunca me han querido. Por ella me alegro, si le va bien; y lo siento en el alma si vierte una sola lágrima. Nunca pude verla llorar por nada.
Hoy intentaré encontrar un poco de calor.

16 febrero 2004

Este fin de semana he vuelto ha tener permiso, asi que he salido de Alcatraz para pasarlo en mi casa, en Pamplona. Y he podido comprobar que España sigue yendo muy muy bien.
No es que no sepa que viva en lugar peculiar, donde apagan el agua caliente por la noche, y cuando te levantas a eso de las 6 te duchas con agua fría o no te duchas; y cierran la puerta cercana al metro, para que tengas que dar vuelta con la maleta.
No es que el metro no sea bueno, sobre todo cuando no funciona ni una escalera mecánica y tienes que acarrear una maleta de 30 kilos en cada cambio de estación.
Lo que es: después de llegar a Chamartín, de donde ha salido siempre el tren, te enteras de que ya no lo hace desde allí, sino desde Atocha, así, por el morro, sin avisar y sin publicarlo en el web de los horarios.
Gracias a que pude llegar a la estación de autobuses a tiempo, acarreando la maleta, para poder llegar a casa.
La estancia, sobre todo, relajante. En cuanto paso por la puerta, ya me da igual el resto del mundo. Comida caliente, un sofá, y hasta vino del bueno. Y si salgo a pasear todavía me encuentro a gente conocida. El descanso del guerrero; durante 36 horas. Hoy ya me he levantado en Alcatraz.

10 febrero 2004

Llevo aquí más de un año, y todavía tengo la sensación de que acabo de llegar. No porque todo me parezca nuevo y maravilloso. Ni porque no conozca el lugar y a las personas. Soy un recién llegado porque no me siento en mi “casa”. No, no pido que esté mi madre al lado haciéndome la cena y lavándome la ropa, mi padre para hablar después de cenar y mi hermana dando guerra. Sólo pido sentir que en esta habitación con una ventana puedo descansar, que sea mi refugio, mi madriguera, donde volver sin ansiedad las pocas veces que salgo. Pero es un lugar en el casi siento angustia. Donde no descanso cuando duermo.
No me importa donde vivir, sólo me importa saber que tengo un lugar, mi lugar, donde estar tranquilo. Dicen que para encontrar no hay que buscar, pero yo sigo siendo demasiado joven, demasiado niño, con demasiadas esperanzas, y sigo buscando un hogar, una casa, mi “casa”.
Comentándolo con un compañero, me dijo que lo que me pasa es misantropía. Tiene razón. Es el desengaño el que lleva a la misantropía. Quien no ha esperado nunca nada de nadie, cuando le dan algo lo agradece. Quien, como yo, pasó la infancia leyendo, espera del mundo los valores que encontró en la literatura infantil. Buscó, hasta muy pasada la adolescencia, el amor en cada esquina: al montar al autobús, en un cambio de metro (sí, esa mirada que invita, con quien a primera vista se ve que hay chispa). Pero se encuentra la realidad que todos nos encontramos. De ahí nace la misantropía, y no es mala; porque el odio, en según que ocasiones, no es malo.
Cuando no se odia a una única persona, cuando se odia a lo que todas las personas formamos en el paso por el mundo, se encuentran fuerzas para seguir. Por orgullo. Para ser más fuerte que antes. Para continuar remando.
A mi el odio me lleva a luchar para conseguir salir de aquí vivo. Para buscar a los que me despreciaron y poder mirarles a los ojos, sin acritud, pero sin una fibra de compasión. Para poder ser yo y no un animal enjaulado, a pesar de que niego lo que fui y asumo, ya casi sin resistencia, lo que soy.

09 febrero 2004

Cada día estoy más convencido de que sólo somos química, y poco más. Es increible como una pastillita de un par de miligramos te puede cambiar la vida. Desde prozacs para no pensar a omeprazols para emborracharte sin que tu estómago se entere, reneurones para activar partes del cerebro y orfidal para dormirlas... aunque lo mejor de todo es la ebastina.
Dada la alergia increible, no puedo dormir más de 6 horas porque me ahogo. Así que el domingo me decido y compro y me tomo inmediatamente un ebastel forte.
Antes de hacerlo el estado de ánimo es más o menos aceptable: la víspera estuve en una fiesta casi "gay" en un piso de unos de pamplona de donde fuimos a un garito llamado "Berlin cabaret", bastante interesante. Además, contaba con que el domingo podría tomarme un café con alguien y ver si me llamaba la chica que conocí, y con la que me rei mucho el viernes.
Después de tomarlo, no me llamó ni el tato, pero me sentía como si saliese de la cama de una superestrella. La gente en la calle hasta me parecía buena, el sol me lamía la cara suavemente, el mundo parecía estar en orden. 2 miligramos de ebastina, como una pipa de opio.
La del viernes llamó, y fuimos al cine. Yo compré las entradas, después de que me la "metiesen" en un café porque el horario de noche empieza a las 6 y antes de tener que cambiar las entradas porque me habían dado la hora equivocada.
Al final, Mystic Rives, simplemente increible. Al final me dijo que tenía guardía viernes y domindo. Al final, como siempre. Pero esta vez lleno de opio.

05 febrero 2004

“con la frente marchita”

Domingo, evidentemente sin resaca; no porque haya dejado de beber, sino porque no tuve con quien. Tren de cercanías y a “el escorial”, con Pachi. El Escorial es una urbanización de lujo como no había visto en mi vida. Donde hay móviles que llevan himnos militares, y el aire, al lado del de cuatro caminos, el blanco y el negro. A un lado está el monasterio de “San Lorenzo de El Escorial”.
La “España” yendo bien está ahí reflejada. Entre la niebla se le puede ver: enorme, frío, sin la mínima decoración, cuadros de santos y monjas de una época en la que reír era pecado, pasillos y pasillos. Impresionante el modo en que la arquitectura refleja el alma de un pueblo.
Había decidido no llamar a Pilar, después de la cena del miércoles pasado. “Te presento a mis amigas, príncipe, yo buscaré otro” y darme una puñalada en un ojo, o decir de mí que “sí, el chaval es simpático y buena persona”, es lo mismo. Pero llamó ella. Ofreciendo cine de domingo.
Pude decir que no, que estaba ocupado en Alcatraz, que venía de una excursión, que estaba de resaca con una caribeña increíble… pero dije que sí, claro, por supuesto.
Pagué, esta vez sí, las 2 entradas; pero no las de sus 3 amigas. Irónicamente, nos tocó, la primera vez que lo veo, una butaca de cine para 2 personas; justo para oir un “mira que venir al cine a enrollarse” y contestar “no pensaba enrollarme contigo”. Ante todo orgullo.
Lo más interesante de la tarde, evidentemente, descifrar las miradas de las amigas, que salieron en estampida al acabar la peli. Dudo entre “qué pesado el tío este que siempre aparece” y “tiene más moral que el alcoyano”.
Recordé frases de ella: dos meses diciendo que buscaba a alguien para un rollete para, cuando le pregunté, decir que, en los dos meses, nada. “Ya no quiero estar con nadie”, en la cena, la semana pasada; y “no quiero enrollarme con nadie”, de camino a su casa, donde me dijo que nunca hablaba con doble intención.
Por supuesto, la dejé en el portal, donde yo, que estaba blando como nunca, le pedí comprensión, y ella, que estaba enérgica como siempre (a pesar de su aire maternal de Audrey Hepbour) me echó un “rapapolvo”.
A casa con doble cabreo, y lo peor es que me gustó.

Dudo. Espero que me llame como espero el rocío de la mañana, pero me gustaría que dejara de hacerlo, para poder morir tranquilo. Y sin embargo, sé que en la vida hacen falta ilusiones, que puedo ir al cine domingos y domingos, y durante la semana podré esperar el siguiente domingo, y escribir nuestra historia como una sucesión de películas. Y esperar a ver a Bogart en “Sabrina”, y enamorar a Audrey.

Tentación: la próxima vez, decirle: todo o nada. Quédate o vete.

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