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Que la vida iba en serio, eso lo descubrí más tarde. Como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante.
31 enero 2004
Después de la cena que no pagué, acabé “El filo de la navaja”. No me estaba gustando mucho, pero de repente, como se suele decir, me cuadró. La novela es sutil, llena de ironía fina, de buen gusto. Parece que no ocurre nada, que es una historia como otra cualquiera. Pero va dejando un poso, poco a poco, hasta que, al final, puedes entenderla.
Al principio buscaba, no sé por qué, que me hablase de lo absoluto, en cualquier sentido que esto pueda tener. Sin embargo, el libro me hablaba de 6 personajes corrientes. En las últimas páginas, al cerrarse el círculo, descubrí lo absoluto: habla de la vida, y por tanto de la muerte; del amor y del cariño; de lo que cada uno busca: ser feliz de alguna manera; de las personas y sus relaciones; de lo divino. Y todo tan delicadamente, que no se nota. Hace fijarse en los detalles.
Hoy, en una conversación banal, me he dado cuenta de uno muy importante. Sobre la película “21 gramos”, alguien me ha dicho que el título se debe a que, al morir, el cuerpo pierde 21 gramos: “el peso del alma”. Claro, le he dicho si es que a los agonizantes los tenían sobre una báscula, “Yo no creo en nada”. Su respuesta me ha dejado mudo un segundo: “si te quieres salvar hay que creer”.
No he contestado. Cuando se trata de temas personales, surgidos de vivencias propias, profundas, que dejan huella, si no en la piel en el corazón; o de creencias basadas en algo que poco tiene que ver con la razón, es mejor callar.
Pero me ha llevado a pensar que, esa persona, si cree, es para salvarse. No cree que haya algo más, un Dios, sólo tiene miedo, por la noche, cuando se acuesta, y por eso decide creer. Mejor, cree que hay un dios que ha hecho un universo entero, dirigido por leyes que escapan a la razón humana, sólo para que él se salve. Como si él existiera desde siempre, desde el “principio”, como si siempre hubiese estado en algún lugar, esperando para nacer en un pedazo de roca perdido en el universo, un día de fines de un siglo inventado por humanos como él.
Cree que hay un dios, omnipotente, omnipresente e intemporal que es tan vanidoso como para condenarte a las llamas eternas, a ti, humano, insignificante como un trozo de papel que se lleva el viento, sólo porque no te arrodillaste ante un pedazo de madera con una cara tallada, porque no besaste un dibujo hecho por unas manos mortales como tú, que se comerán los gusanos, como a ti. Tan miserable como para haber creado un mundo sólo para ser adorado, so pena de castigos crueles e interminables.
Hoy, la persona que, perdida y aburrida en el desierto de Mesopotamia, empezó a inventar historias sobre la creación del universo (como lo hacen los indios del Amazonas, o cualquier tribu del Kalahari), se estará retorciendo de risa en su tumba. De ver cómo 2600 años después, millones y millones de personas creen en lo que se inventó como si fuese la palabra de algún Dios.
Al principio buscaba, no sé por qué, que me hablase de lo absoluto, en cualquier sentido que esto pueda tener. Sin embargo, el libro me hablaba de 6 personajes corrientes. En las últimas páginas, al cerrarse el círculo, descubrí lo absoluto: habla de la vida, y por tanto de la muerte; del amor y del cariño; de lo que cada uno busca: ser feliz de alguna manera; de las personas y sus relaciones; de lo divino. Y todo tan delicadamente, que no se nota. Hace fijarse en los detalles.
Hoy, en una conversación banal, me he dado cuenta de uno muy importante. Sobre la película “21 gramos”, alguien me ha dicho que el título se debe a que, al morir, el cuerpo pierde 21 gramos: “el peso del alma”. Claro, le he dicho si es que a los agonizantes los tenían sobre una báscula, “Yo no creo en nada”. Su respuesta me ha dejado mudo un segundo: “si te quieres salvar hay que creer”.
No he contestado. Cuando se trata de temas personales, surgidos de vivencias propias, profundas, que dejan huella, si no en la piel en el corazón; o de creencias basadas en algo que poco tiene que ver con la razón, es mejor callar.
Pero me ha llevado a pensar que, esa persona, si cree, es para salvarse. No cree que haya algo más, un Dios, sólo tiene miedo, por la noche, cuando se acuesta, y por eso decide creer. Mejor, cree que hay un dios que ha hecho un universo entero, dirigido por leyes que escapan a la razón humana, sólo para que él se salve. Como si él existiera desde siempre, desde el “principio”, como si siempre hubiese estado en algún lugar, esperando para nacer en un pedazo de roca perdido en el universo, un día de fines de un siglo inventado por humanos como él.
Cree que hay un dios, omnipotente, omnipresente e intemporal que es tan vanidoso como para condenarte a las llamas eternas, a ti, humano, insignificante como un trozo de papel que se lleva el viento, sólo porque no te arrodillaste ante un pedazo de madera con una cara tallada, porque no besaste un dibujo hecho por unas manos mortales como tú, que se comerán los gusanos, como a ti. Tan miserable como para haber creado un mundo sólo para ser adorado, so pena de castigos crueles e interminables.
Hoy, la persona que, perdida y aburrida en el desierto de Mesopotamia, empezó a inventar historias sobre la creación del universo (como lo hacen los indios del Amazonas, o cualquier tribu del Kalahari), se estará retorciendo de risa en su tumba. De ver cómo 2600 años después, millones y millones de personas creen en lo que se inventó como si fuese la palabra de algún Dios.
29 enero 2004
Risas + confesiones de vez en cuando + un par de cenas en verano + que me contase que la dejó su novio (a mi, que para ella soy un conocido más) + un encanto especial = que sea la única chica, sin novio, agradable que conozco en Madrid. Claro que con la vida que llevo casi es la única chica que conozco.
Tenemos que irnos a ver Portugal + pasa por mi casa cuando quieras + me he cambiado las cortinas del cuarto, ven a verlas + voy a hacer una cena con mis amigas solteras, estás invitado = pienso que, a lo mejor, se puede hacer algo.
Cambiarme de camisa 3 veces (he descubierto que me falta una) + “apestar” al perfume que me regaló mi madre por navidad + mi mejor sonrisa + mi mejor cara de “capullo” + regalo de libro sobre Lisboa = volver a casa con 100 gramos de té de melocotón, que me invite a cenar y me prometa algo de “maría”. Al mismo tiempo que me dice que soy un príncipe y que me presentará a sus amigas para luego buscar otro ella.
Como negocio, bastante bien. Para lo que yo quería, sin comentarios. Para lo demás, Mastercard.
Tenemos que irnos a ver Portugal + pasa por mi casa cuando quieras + me he cambiado las cortinas del cuarto, ven a verlas + voy a hacer una cena con mis amigas solteras, estás invitado = pienso que, a lo mejor, se puede hacer algo.
Cambiarme de camisa 3 veces (he descubierto que me falta una) + “apestar” al perfume que me regaló mi madre por navidad + mi mejor sonrisa + mi mejor cara de “capullo” + regalo de libro sobre Lisboa = volver a casa con 100 gramos de té de melocotón, que me invite a cenar y me prometa algo de “maría”. Al mismo tiempo que me dice que soy un príncipe y que me presentará a sus amigas para luego buscar otro ella.
Como negocio, bastante bien. Para lo que yo quería, sin comentarios. Para lo demás, Mastercard.
28 enero 2004
En la vida, el que no tiene ilusiones, se las debe inventar.
Hoy voy a cenar con Pilar. No nos vemos más que de vez en cuando, y no sé si es ella, o que me he enamorado del amor, pero no me la puedo quitar de la cabeza.
Le mandé un mensaje y le dije que hoy cenábamos; me contestó que de acuerdo. Demasiado raro, o todo lo raro que lo quiera ver yo. Ya me he cambiado de camisa tres veces esta tarde. Nunca creí en la suerte.
Hoy voy a cenar con Pilar. No nos vemos más que de vez en cuando, y no sé si es ella, o que me he enamorado del amor, pero no me la puedo quitar de la cabeza.
Le mandé un mensaje y le dije que hoy cenábamos; me contestó que de acuerdo. Demasiado raro, o todo lo raro que lo quiera ver yo. Ya me he cambiado de camisa tres veces esta tarde. Nunca creí en la suerte.
26 enero 2004
“Aurea mediocritas”, dijo el filósofo, queriendo decir que en término medio está la virtud; pero debieron de entenderle mal, y tradujeron algo así como que la mediocridad es dorada. En pocos sitios he visto más mediocridad que en la universidad. Profesores incompetentes escondiendo sus carencias, dan clases, en condiciones de semidioses, a alumnos a los que la falta de vocación y el sistema de concentración de asignaturas llevan a no interesarse por nada. Los mejores años de nuestra vida, me decían cuando estudié. Años casi desperdiciados, para el que buscó algo más.
Un día dije que Hesse me parece demasiado “adolescente” en sus escritos (los cuentos de juventud, a sus 25 años son casi literatura infantil), pero “Demian”, puede que el más adolescente de todos, me gustó.
Sigo pensando que, en esta ocasión, está acertado.
Frederic, a quien conocí poniendo un anuncio para hacer un intercambio francés-español, es uno que tiene el estigma. A pesar de tener 20 años, ha leído más literatura en español que yo, por lo que el intercambio se reduce a hablar en francés como se habla con cualquier amigo. He tenido mucha suerte.
Diego, a pesar de haber estudiado psicología para que no le dijesen que estaba para que lo encerrasen, tiene una cultura, especialmente musical, increíble. Los 50 discos que pueda tener aquí son curiosidades de la música clásica (música masona, óperas en latín o de la independencia sudamericana). Muy observador, me está haciendo un análisis, por lo que me comenta, en sus ratos libres. Podría llegar a acertar en algo, pero me arriesgaré.
He empezado “el filo de la navaja”, (Horacio, lee el principio y dime a quien te recuerda. J, en cuanto me devuelvas “Rayuela” te lo paso, parece que promete) y, dado el ataque de alergia que tengo, que no me deja vivir, creo que me lo acabaré pronto.
No sé que han hecho estos de Madrid, pero de día hace unos 18 grados, y con el sol, la polinización ha empezado. Increíble. 24 de enero y ya llevo 2 semanas sin dormir.
Si hay un concepto que pueda ser español, es el de “compromiso”. Tener un compromiso sólo se entiende en el país de las corridas de toros. Compromiso del viernes. Me pilló a contrapié, y me costó 10 euros porque no había cenado y claro, como no tenía cambio más que uno de los otros 2, me tocó pagar todo. (Joder, lo mío, bocata + cerveza sin = 7 €). También hubo compromiso el sábado, pero a la inversa: si me dicen que iba a acabar en un piso de unas estudiantes de periodismo de Murcia, en Chueca, que daban una fiesta para Erasmus, no me lo creo.
Más vale que también hay gente que hace las cosas, por que quieren. Cristina y María, compañeras de galeras, me vieron tan estresado que me llevaron a la fuerza a tomar algo. Y Martín, el novio de otra remera, nos invitó a comer a ella y a mí. Encantadores.
Todavía quedan personas por el mundo.
Un día dije que Hesse me parece demasiado “adolescente” en sus escritos (los cuentos de juventud, a sus 25 años son casi literatura infantil), pero “Demian”, puede que el más adolescente de todos, me gustó.
Sigo pensando que, en esta ocasión, está acertado.
Frederic, a quien conocí poniendo un anuncio para hacer un intercambio francés-español, es uno que tiene el estigma. A pesar de tener 20 años, ha leído más literatura en español que yo, por lo que el intercambio se reduce a hablar en francés como se habla con cualquier amigo. He tenido mucha suerte.
Diego, a pesar de haber estudiado psicología para que no le dijesen que estaba para que lo encerrasen, tiene una cultura, especialmente musical, increíble. Los 50 discos que pueda tener aquí son curiosidades de la música clásica (música masona, óperas en latín o de la independencia sudamericana). Muy observador, me está haciendo un análisis, por lo que me comenta, en sus ratos libres. Podría llegar a acertar en algo, pero me arriesgaré.
He empezado “el filo de la navaja”, (Horacio, lee el principio y dime a quien te recuerda. J, en cuanto me devuelvas “Rayuela” te lo paso, parece que promete) y, dado el ataque de alergia que tengo, que no me deja vivir, creo que me lo acabaré pronto.
No sé que han hecho estos de Madrid, pero de día hace unos 18 grados, y con el sol, la polinización ha empezado. Increíble. 24 de enero y ya llevo 2 semanas sin dormir.
Si hay un concepto que pueda ser español, es el de “compromiso”. Tener un compromiso sólo se entiende en el país de las corridas de toros. Compromiso del viernes. Me pilló a contrapié, y me costó 10 euros porque no había cenado y claro, como no tenía cambio más que uno de los otros 2, me tocó pagar todo. (Joder, lo mío, bocata + cerveza sin = 7 €). También hubo compromiso el sábado, pero a la inversa: si me dicen que iba a acabar en un piso de unas estudiantes de periodismo de Murcia, en Chueca, que daban una fiesta para Erasmus, no me lo creo.
Más vale que también hay gente que hace las cosas, por que quieren. Cristina y María, compañeras de galeras, me vieron tan estresado que me llevaron a la fuerza a tomar algo. Y Martín, el novio de otra remera, nos invitó a comer a ella y a mí. Encantadores.
Todavía quedan personas por el mundo.
21 enero 2004
Hay días que es mejor no levantarse de la cama, como hay otros que hacen la vida complicada e interesante al mismo tiempo.
Hoy es uno de ellos, aunque todavía no sé si del primer o del segundo grupo.
Pensé en matricularme en traducción e interpretación, a ver si paso el examen de idiomas, que me está volviendo loco. Tengo la facultad de filologías varias al lado. Voy, pregunto: pasaría a segundo ciclo directamente por tener ya una carrera. Muy bien, pero: la facultada de traducción no es la de filologías: ¡¡¡¡¡¡está a 50 km de aquí, en un pueblo de 30.000 personas!!!!!! Los de ese pueblo deben hablar idiomas de maravilla, pero menuda putada para la mayoría que vive en la ciudad.
Alcatraz cansa un poco, así que solicité otra residencia, subvencionada y mixta, aquí al lado. Papeles y más papeles: declaración de renta, CV académico y no académico, impresos, fotos… cuando parece que va la cosa, recibo una carta: tengo que hacer un escrito de 500 palabras explicando motivos de la solicitud y la razón por la que hago lo que hago. Claro, como no estoy ocupado.
Lo mejor. Ayer, clase en el British. Contento de ir a hacer algo diferente. Siempre he sido muy sociable y me gusta mucho conocer gente y relacionarme. Cuando acaba la clase me doy cuenta que no soy capaz de llevar una conversación normal, todo lo que no sea lo mío lo desconozco. Y llevo en Alcatraz algo más de un año.
Ahora comprendo a la gente que, después de pasar 25 años en la cárcel, no tiene nada que hacer fuera. Es duro, pero es así. En la calle todo parece agresivo. Dentro, la certidumbre es casi total; en cierta manera es segura. Mientras aquí tengo una galería de personajes peculiares, fuera no sé lo que me voy a encontrar.
Lo que encontré. Debate sobre el papel de la mujer en el mundo. Mi postura: son académicamente mejores, son casi el 60 % de los universitarios, y mi experiencia en el mundo laboral es que son mayoría en puesto intermedios (35-40 años); conclusión: de aquí a 20 años van a dirigir el mundo occidental.
Me encuentro a una feminista recalcitrante, que me hace pensar que el imán de Fuengirola tiene más razón que un santo. Sus frases:
- “Siendo mujer, para que te contraten debes ser el doble de buena que un hombre”. Que quiere decir: si no me dan un puesto es por discriminación, si no te lo dan a ti, es porque eres malo.
- “Las mujeres no somos competitivas, tenemos buenos resultados porque durante generaciones no pudimos estudiar”. ¿Genética intergeneracional, determinismo sexual? ¿si no eres competitiva para que te “escuernas” pudiendo ir al bar?
- “Entre los 19 y los 23 años te preguntan si vas casarte, y luego si vas a tener hijos” ¿Y a los 40 si vas a ser abuela, en un país donde hasta los 30 no se casa ni el “tato”?.
Lo mejor:
- “Los tíos no me saben entrar”. Quiere decir: son feos o pobres.
- “Lo peor, que te acusen de haberte follado a alguien para llegar a donde estás”. Como últimamente no leo la prensa, no sé que querrá decir. Eso si, si pudiese conseguir con una sonrisa lo mismo que consigue una chica un poco mona, otro gallo me cantaría. Todo esto, después de mirarte a los ojos como si te fuera desnudase, para preguntarte a qué te dedicabas y cuantos años tenías, y despreciarte, me imagino, porque no le sabes entrar.
Hay que tener jeta.
Por lo demás, Diego, el psicólogo, es un apasionado de las relaciones homosexuales femeninas, asi como los casos de suicidio y asesinato.
Ho Chi Min, es decir, Miguel Angel el canario, ha vuelto. Me ha hecho ilusión verlo de nuevo, aprovecharé para hablar con él lo que no hablé en su momento. Ç
Desde que empezó esta especie de primavera, los atardeceres “desde mi ventana” han vuelto a ser preciosos. Está bonito el campo.
Hoy es uno de ellos, aunque todavía no sé si del primer o del segundo grupo.
Pensé en matricularme en traducción e interpretación, a ver si paso el examen de idiomas, que me está volviendo loco. Tengo la facultad de filologías varias al lado. Voy, pregunto: pasaría a segundo ciclo directamente por tener ya una carrera. Muy bien, pero: la facultada de traducción no es la de filologías: ¡¡¡¡¡¡está a 50 km de aquí, en un pueblo de 30.000 personas!!!!!! Los de ese pueblo deben hablar idiomas de maravilla, pero menuda putada para la mayoría que vive en la ciudad.
Alcatraz cansa un poco, así que solicité otra residencia, subvencionada y mixta, aquí al lado. Papeles y más papeles: declaración de renta, CV académico y no académico, impresos, fotos… cuando parece que va la cosa, recibo una carta: tengo que hacer un escrito de 500 palabras explicando motivos de la solicitud y la razón por la que hago lo que hago. Claro, como no estoy ocupado.
Lo mejor. Ayer, clase en el British. Contento de ir a hacer algo diferente. Siempre he sido muy sociable y me gusta mucho conocer gente y relacionarme. Cuando acaba la clase me doy cuenta que no soy capaz de llevar una conversación normal, todo lo que no sea lo mío lo desconozco. Y llevo en Alcatraz algo más de un año.
Ahora comprendo a la gente que, después de pasar 25 años en la cárcel, no tiene nada que hacer fuera. Es duro, pero es así. En la calle todo parece agresivo. Dentro, la certidumbre es casi total; en cierta manera es segura. Mientras aquí tengo una galería de personajes peculiares, fuera no sé lo que me voy a encontrar.
Lo que encontré. Debate sobre el papel de la mujer en el mundo. Mi postura: son académicamente mejores, son casi el 60 % de los universitarios, y mi experiencia en el mundo laboral es que son mayoría en puesto intermedios (35-40 años); conclusión: de aquí a 20 años van a dirigir el mundo occidental.
Me encuentro a una feminista recalcitrante, que me hace pensar que el imán de Fuengirola tiene más razón que un santo. Sus frases:
- “Siendo mujer, para que te contraten debes ser el doble de buena que un hombre”. Que quiere decir: si no me dan un puesto es por discriminación, si no te lo dan a ti, es porque eres malo.
- “Las mujeres no somos competitivas, tenemos buenos resultados porque durante generaciones no pudimos estudiar”. ¿Genética intergeneracional, determinismo sexual? ¿si no eres competitiva para que te “escuernas” pudiendo ir al bar?
- “Entre los 19 y los 23 años te preguntan si vas casarte, y luego si vas a tener hijos” ¿Y a los 40 si vas a ser abuela, en un país donde hasta los 30 no se casa ni el “tato”?.
Lo mejor:
- “Los tíos no me saben entrar”. Quiere decir: son feos o pobres.
- “Lo peor, que te acusen de haberte follado a alguien para llegar a donde estás”. Como últimamente no leo la prensa, no sé que querrá decir. Eso si, si pudiese conseguir con una sonrisa lo mismo que consigue una chica un poco mona, otro gallo me cantaría. Todo esto, después de mirarte a los ojos como si te fuera desnudase, para preguntarte a qué te dedicabas y cuantos años tenías, y despreciarte, me imagino, porque no le sabes entrar.
Hay que tener jeta.
Por lo demás, Diego, el psicólogo, es un apasionado de las relaciones homosexuales femeninas, asi como los casos de suicidio y asesinato.
Ho Chi Min, es decir, Miguel Angel el canario, ha vuelto. Me ha hecho ilusión verlo de nuevo, aprovecharé para hablar con él lo que no hablé en su momento. Ç
Desde que empezó esta especie de primavera, los atardeceres “desde mi ventana” han vuelto a ser preciosos. Está bonito el campo.
19 enero 2004
La vida sin alcohol no la imaginaba, por lo acostumbrados que estamos todos a, los fines de semana, juntarnos alrededor de un vaso de algo que lo lleve. Ahora, tengo mejor humor y todo me parece más apetecible (aunque puede que la primavera que ha llegado a Madrid tenga algo que ver, además de producir alergia).
Gracias a ello, lo nebulosa que suele ser la noche da paso a imágenes claras, sentido crítico (e incluso del ridículo), mejor estómago al día siguiente y una cartera menos vacía. No está mal; veremos cuanto dura.
El viernes tuve el placer de conocer una leyenda viva, una institución de la Malasaña madrileña: “La pepita”. Tras cuatro escalones mal medidos que hacen escalar hasta ella, se esconde un bar donde por 12 €, tres por barba, te dan 1 litro de cerveza, 1 cerveza sin, una fanta, un plato de croquetas, otro de pollo, patatas bravas y al ali-oli. Mesas de algún colegio que habría en la zona, y sillas para una exposición de arte contemporáneo, de las 40 que habría no había dos iguales. No estuvo mal.
El sábado, no iba a salir, pero al final fui con mi amigo P a dar una vuelta. No estuvo mal, salvo que íbamos con abrigos (casi) iguales, pantalón negro uno y casi blanco el otro. Los que invitan a chupitos, ni nos miraba al pasar. Hay quien llegó a reirse.
Fauna urbana que se puede ver. Empezamos por la soportable. Madrileño feote acompañado de tres tíos de gimnasio y solarium. Se cree que las extranjeras son piezas de caza, a falta de locales, y cuando le quitan las manos de encima no se da por aludido. Impresentable, pero me imagino que con la mierda de curro que tendrá, como todo el mundo, y lo que tiene que aguantar, si no saliese con la “ilusión” de “pillar” algo se cortaría las venas.
Insoportables. Chica físicamente mona, con cara de inocente, que tiene que aguantar a tripudo sudoroso cogiéndola por la espalda mientras pretenden que bailan. Mira con cara de decir, échame una mano y me voy contigo. Tras cuatro miradas pasan dos cosas: el tripudo te empieza a mirar mal, cuando no tienes ninguna culpa, y ella no le dice “déjame”, por lo que, aparte de haberte podido llevar dos tortas bien dadas, te das cuenta que te está engañando.
Tripudo de 1.65 y 95 kilos en canal, medio borracho, que se cree que el bar y la gente de dentro es suya. Peor si, como el caso, tiene aire de mexicano rico, de esos que son dueños del suelo que se ve desde su casa y la gente que vive encima. Aire de “lo que quiero lo consigo” y “dejate comprar o va a ser peor”. Acostumbrado a hacer lo que quiere, siempre y cuando quiere. En este país, gracias a quien sea, casi conseguimos salir de ese estadio.
Dadas las circunstancias laborales y sociales, el eclecticismo se apodera de nosotros a pasos acelerados. Cuando empezamos la carrera, beber una caña entre semana nos parecía “mal”. Ahora, cuando pasamos entre las putas de calle no movemos un músculo por compasión; sabemos que cualquiera te la puede “hacer” en cualquier momento, que lo que viviste hasta que saliste de casa es la excepción, la tranquilidad del nido. Que esos seres que creías angelicales cuando tenías 15 años, por su cara de inocencia, te dejarán, en cuanto puedan, por un tripudo con cartera, un moreno de gimnasio sin cultura, o alguien con fama sólo por contarlo. Salvo tu madre, cualquiera te vendería al mejor postor.
Daniela, la mexicana, ha dado otra vez señales de vida. Algo querrá. Como Pilar no llamaba, le he llamado yo. Peor: ha estado encantadora, así que algo más en que pensar. Me ha venido a la cabeza Mar, mi primer y gran amor: saber que comparte lecho con otro como lo hizo conmigo, o mejor, me sienta mal. Nunca creí ser ¿cómo puedo llamarlo? Una vez le dije: “tengo celos de la muerte, que nos separará”. Me equivoqué, y, no sé por qué, de vez en cuando vuelve.
Lo mejor de la semana, el British Council, me hace ilusión salir de aquí un par de días entre semana y conocer a alguien que lleve otra “vida”.
Gracias a ello, lo nebulosa que suele ser la noche da paso a imágenes claras, sentido crítico (e incluso del ridículo), mejor estómago al día siguiente y una cartera menos vacía. No está mal; veremos cuanto dura.
El viernes tuve el placer de conocer una leyenda viva, una institución de la Malasaña madrileña: “La pepita”. Tras cuatro escalones mal medidos que hacen escalar hasta ella, se esconde un bar donde por 12 €, tres por barba, te dan 1 litro de cerveza, 1 cerveza sin, una fanta, un plato de croquetas, otro de pollo, patatas bravas y al ali-oli. Mesas de algún colegio que habría en la zona, y sillas para una exposición de arte contemporáneo, de las 40 que habría no había dos iguales. No estuvo mal.
El sábado, no iba a salir, pero al final fui con mi amigo P a dar una vuelta. No estuvo mal, salvo que íbamos con abrigos (casi) iguales, pantalón negro uno y casi blanco el otro. Los que invitan a chupitos, ni nos miraba al pasar. Hay quien llegó a reirse.
Fauna urbana que se puede ver. Empezamos por la soportable. Madrileño feote acompañado de tres tíos de gimnasio y solarium. Se cree que las extranjeras son piezas de caza, a falta de locales, y cuando le quitan las manos de encima no se da por aludido. Impresentable, pero me imagino que con la mierda de curro que tendrá, como todo el mundo, y lo que tiene que aguantar, si no saliese con la “ilusión” de “pillar” algo se cortaría las venas.
Insoportables. Chica físicamente mona, con cara de inocente, que tiene que aguantar a tripudo sudoroso cogiéndola por la espalda mientras pretenden que bailan. Mira con cara de decir, échame una mano y me voy contigo. Tras cuatro miradas pasan dos cosas: el tripudo te empieza a mirar mal, cuando no tienes ninguna culpa, y ella no le dice “déjame”, por lo que, aparte de haberte podido llevar dos tortas bien dadas, te das cuenta que te está engañando.
Tripudo de 1.65 y 95 kilos en canal, medio borracho, que se cree que el bar y la gente de dentro es suya. Peor si, como el caso, tiene aire de mexicano rico, de esos que son dueños del suelo que se ve desde su casa y la gente que vive encima. Aire de “lo que quiero lo consigo” y “dejate comprar o va a ser peor”. Acostumbrado a hacer lo que quiere, siempre y cuando quiere. En este país, gracias a quien sea, casi conseguimos salir de ese estadio.
Dadas las circunstancias laborales y sociales, el eclecticismo se apodera de nosotros a pasos acelerados. Cuando empezamos la carrera, beber una caña entre semana nos parecía “mal”. Ahora, cuando pasamos entre las putas de calle no movemos un músculo por compasión; sabemos que cualquiera te la puede “hacer” en cualquier momento, que lo que viviste hasta que saliste de casa es la excepción, la tranquilidad del nido. Que esos seres que creías angelicales cuando tenías 15 años, por su cara de inocencia, te dejarán, en cuanto puedan, por un tripudo con cartera, un moreno de gimnasio sin cultura, o alguien con fama sólo por contarlo. Salvo tu madre, cualquiera te vendería al mejor postor.
Daniela, la mexicana, ha dado otra vez señales de vida. Algo querrá. Como Pilar no llamaba, le he llamado yo. Peor: ha estado encantadora, así que algo más en que pensar. Me ha venido a la cabeza Mar, mi primer y gran amor: saber que comparte lecho con otro como lo hizo conmigo, o mejor, me sienta mal. Nunca creí ser ¿cómo puedo llamarlo? Una vez le dije: “tengo celos de la muerte, que nos separará”. Me equivoqué, y, no sé por qué, de vez en cuando vuelve.
Lo mejor de la semana, el British Council, me hace ilusión salir de aquí un par de días entre semana y conocer a alguien que lleve otra “vida”.
15 enero 2004
El trabajo nos evita tres grandes males: el aburrimiento, el vicio y la pobreza. Voltaire.
Es curioso, en el trabajo, generalmente, hay problemas, malas caras, broncas y rencores. Y cuando no es por algo laboral, no te preocupes, sale algún tema personal. Sin embargo, se supone que todos están en el mismo barco; aunque en este barco el capitan no se queda el último, hundiéndose con él.
La oposición es árida por muchos motivos. Con la barba más negra que la conciencia, hay que seguir pidiendo dinero en casa, el resultado es más que incierto, (pensar la de juventudes encerradas entre cuatro paredes, puede que para nada, en una vida que no se va ha repetir), y el preparador, al revés que el jefe, se le supone un guía hasta la meta, lo que rara vez es.
Lo más complicado, aparte de no poder compartir con nadie el día, es la relación con los “compañeros”. Se les supone enemigos, y, si te vas, nadie te va a echar la mano en un hombro para decirte que te quedes. Sin embargo, de vez en cuando, tienen detalles bonitos. Uno de ellos fue cuando me invitó B a conocer Alcalá, vino con su novio, y resultaron encantadores.
Es curioso la transformación de algunos cuando aprueban. Les cambia la actitud, la mirada, incluso la voz; y no se pueden quitar la sonrisa de la boca. Cuando te encuentras a algún antiguo compañero con más éxito que tú, se agradece que mantenga las antiguas cortas distancias. A pesar del gabán.
Viendo esos gabanes pienso en cómo el ser humano nunca está satisfecho. Ellos, ahora con su gabán, nunca pasaron lo que los demás. Los demás, en un mundo desarrollado, han olvidado el objetivo fundamental de la vida, que me recordaba hoy Daniela, la mexicana de París: ser felices.
Cuando estás inmerso en los temas, no hay nada más. El resto del mundo da igual. Mientras tanto, hay quien se la juega en una barca para poder coger tomate a 42 grados bajo un cielo de plástico, contento de no haber sido un niño esclavo del Sudán. Lo trágico es que, ese niño del Sudán, traido a Europa o Estados Unidos desde pequeño, olvidará sus orígenes, y puede que llegue un día en que, cínico, diga que no manda ayuda al desarrollo porque “no sé si va a llegar”.
Al final, lo que quedan son los buenos momentos. Durante un tiempo de mi vida les tuve miedo. Como Woody Allen, era alérgico a la felicidad. Temía que nunca llegase a ser “duro”, a “hacerme mayor”. Después de años sin bañarme en una playa, Agata, la polaca, me hizo bañarme en Santander; hace algo más de un año. Me reí como nunca. Y no lo había hecho en años.
Me imagino que no habrá mucha gente con ese miedo a dejarse llevar, envolver por unas circunstancias que en parte ha elegido y en parte creado. Cuando salga de esta habitación, de los temas, yo también me dejaré llevar.
Es curioso, en el trabajo, generalmente, hay problemas, malas caras, broncas y rencores. Y cuando no es por algo laboral, no te preocupes, sale algún tema personal. Sin embargo, se supone que todos están en el mismo barco; aunque en este barco el capitan no se queda el último, hundiéndose con él.
La oposición es árida por muchos motivos. Con la barba más negra que la conciencia, hay que seguir pidiendo dinero en casa, el resultado es más que incierto, (pensar la de juventudes encerradas entre cuatro paredes, puede que para nada, en una vida que no se va ha repetir), y el preparador, al revés que el jefe, se le supone un guía hasta la meta, lo que rara vez es.
Lo más complicado, aparte de no poder compartir con nadie el día, es la relación con los “compañeros”. Se les supone enemigos, y, si te vas, nadie te va a echar la mano en un hombro para decirte que te quedes. Sin embargo, de vez en cuando, tienen detalles bonitos. Uno de ellos fue cuando me invitó B a conocer Alcalá, vino con su novio, y resultaron encantadores.
Es curioso la transformación de algunos cuando aprueban. Les cambia la actitud, la mirada, incluso la voz; y no se pueden quitar la sonrisa de la boca. Cuando te encuentras a algún antiguo compañero con más éxito que tú, se agradece que mantenga las antiguas cortas distancias. A pesar del gabán.
Viendo esos gabanes pienso en cómo el ser humano nunca está satisfecho. Ellos, ahora con su gabán, nunca pasaron lo que los demás. Los demás, en un mundo desarrollado, han olvidado el objetivo fundamental de la vida, que me recordaba hoy Daniela, la mexicana de París: ser felices.
Cuando estás inmerso en los temas, no hay nada más. El resto del mundo da igual. Mientras tanto, hay quien se la juega en una barca para poder coger tomate a 42 grados bajo un cielo de plástico, contento de no haber sido un niño esclavo del Sudán. Lo trágico es que, ese niño del Sudán, traido a Europa o Estados Unidos desde pequeño, olvidará sus orígenes, y puede que llegue un día en que, cínico, diga que no manda ayuda al desarrollo porque “no sé si va a llegar”.
Al final, lo que quedan son los buenos momentos. Durante un tiempo de mi vida les tuve miedo. Como Woody Allen, era alérgico a la felicidad. Temía que nunca llegase a ser “duro”, a “hacerme mayor”. Después de años sin bañarme en una playa, Agata, la polaca, me hizo bañarme en Santander; hace algo más de un año. Me reí como nunca. Y no lo había hecho en años.
Me imagino que no habrá mucha gente con ese miedo a dejarse llevar, envolver por unas circunstancias que en parte ha elegido y en parte creado. Cuando salga de esta habitación, de los temas, yo también me dejaré llevar.
12 enero 2004
“Para vivir solo, uno tiene que ser un animal o un dios.”
F. Nietzsche.
Esto escribía alguien que escribió notas al margen en los textos de Platón, en el siglo XIX. Si viviese hoy, su visión del mundo sería, por lo menos, interesante. En su época, la gente vivía en pequeñas comunidades, donde todo el mundo se conocía por el nombre; las grandes ciudades de la época eran los barrios de las nuestras, y una ciudad de un millón de personas podría ser considerada, proporcionalmente, mayor que, hoy, Ciudad de México.
Hoy, la mayor parte del mundo vive en grandes ciudades. Nadie conoce a nadie, y cada uno se cruza con cientos de personas, cada día (aquellos que salen a la calle), de las que ignoran todo lo que se puede ignorar de cualquira. Sin embargo, dicen que vivimos en la “era de la comunicación”. Si. De la comunicación telefónica, o, más impersonal, via mail o SMS.
Y, sin embargo, una de las enfermedades del momento es la soledad. No queremos saber lo que pasa en la puerta de al lado (algún día acabaré de leer “la vida, modo de empleo” de Pessac) y no estamos acostumbrados a que alguien se interese por la nuestra, desconfiaríamos al instante.
No sé que pensaría Nietzsche de la existencia de “teléfonos de la esperanza” o de los “mensajeros de la paz” que dan café y conversación a los vagabundos que encuentran en las calles.
Pero recuerdo que, cuando tenía unos 18 años, le dije a mi padre que quería ir a Santiago, andando y solo, y el me dijo que no quería que fuese solo, porque, al final, me convertiría en una suerte de ermitaño. Gran error. Creo que no hay nada mejor que aprender a vivir solo. Mitad animal, mitad dios.
Como perteneciente al sexo masculino, soy débil psicológicamente (y no es que físicamente sea gran cosa), y, ahora que vivo en una ciudad grande, me he dado cuenta de lo sola que está la gente y lo difícil que es, al principio, acostumbrarse (al final, uno se acostumbra a casi todo).
Lo mejor, recordar los detalles que la gente ha tenido (y de vez en cuando tiene) con uno, y saborearlos. Alguien, una vez me dijo que no espera nada de nadie, así todo o que le den es bueno. Nunca pude vivir así. Lo peor (creo que, de memoria, lo escribí un día) ver cómo somos árboles que rozan sus ramas cuando sopla el viento, pero cuyos troncos permanecen paralelos. (En las ciudades pequeñas se conoce gente, pero se puede estar igual de solo, si nadie comparte inquietudes con uno)
Algo que me impresionó de “La insoportable levedad del ser” es el viaje a la soledad íntima que realizan Thomas y Teresa. Cuando Sabrina sabe que han muerto, en un accidente de coche, entiende que se han suicidado enamorados. Tengo que volver a leer el libro.
Es curioso que lo libros tengan una edad para leerse. Antes, no se entienden, y después son demasiado simples. “Corazon”, a los 10 o 12 años es maravilloso, pero después no es nada. Bécquer, el todo con 15. Hesse, a quien lei con 24, probablemente sea revelador a los 18; y Rayuela, que no pude acabar con 22, hoy me parece una obra maestra. Leer enseña a vivir, pero también hay que vivir para poder leer.
Por lo demás, Pilar no me ha respondido ni a las llamadas ni al mensaje ¿me querra decir algo…? Me voy a matricular a un curso del British Council, a ver si refresco mi inglés. Mi amigo F, francés, me hace mantenerlo fresco. Y sigo echando de menos una mano que me coja de la mía mientras duermo, o el momento en que sepa vivir sin ella. Y hoy ha sido un buen día. He estado con un viejo amigo, me ha presentado gente agradable, hemos visto a conocidos suyos simpáticos y he cenado caliente, que ya llevaba una semana a bocadillos de salchichón.
F. Nietzsche.
Esto escribía alguien que escribió notas al margen en los textos de Platón, en el siglo XIX. Si viviese hoy, su visión del mundo sería, por lo menos, interesante. En su época, la gente vivía en pequeñas comunidades, donde todo el mundo se conocía por el nombre; las grandes ciudades de la época eran los barrios de las nuestras, y una ciudad de un millón de personas podría ser considerada, proporcionalmente, mayor que, hoy, Ciudad de México.
Hoy, la mayor parte del mundo vive en grandes ciudades. Nadie conoce a nadie, y cada uno se cruza con cientos de personas, cada día (aquellos que salen a la calle), de las que ignoran todo lo que se puede ignorar de cualquira. Sin embargo, dicen que vivimos en la “era de la comunicación”. Si. De la comunicación telefónica, o, más impersonal, via mail o SMS.
Y, sin embargo, una de las enfermedades del momento es la soledad. No queremos saber lo que pasa en la puerta de al lado (algún día acabaré de leer “la vida, modo de empleo” de Pessac) y no estamos acostumbrados a que alguien se interese por la nuestra, desconfiaríamos al instante.
No sé que pensaría Nietzsche de la existencia de “teléfonos de la esperanza” o de los “mensajeros de la paz” que dan café y conversación a los vagabundos que encuentran en las calles.
Pero recuerdo que, cuando tenía unos 18 años, le dije a mi padre que quería ir a Santiago, andando y solo, y el me dijo que no quería que fuese solo, porque, al final, me convertiría en una suerte de ermitaño. Gran error. Creo que no hay nada mejor que aprender a vivir solo. Mitad animal, mitad dios.
Como perteneciente al sexo masculino, soy débil psicológicamente (y no es que físicamente sea gran cosa), y, ahora que vivo en una ciudad grande, me he dado cuenta de lo sola que está la gente y lo difícil que es, al principio, acostumbrarse (al final, uno se acostumbra a casi todo).
Lo mejor, recordar los detalles que la gente ha tenido (y de vez en cuando tiene) con uno, y saborearlos. Alguien, una vez me dijo que no espera nada de nadie, así todo o que le den es bueno. Nunca pude vivir así. Lo peor (creo que, de memoria, lo escribí un día) ver cómo somos árboles que rozan sus ramas cuando sopla el viento, pero cuyos troncos permanecen paralelos. (En las ciudades pequeñas se conoce gente, pero se puede estar igual de solo, si nadie comparte inquietudes con uno)
Algo que me impresionó de “La insoportable levedad del ser” es el viaje a la soledad íntima que realizan Thomas y Teresa. Cuando Sabrina sabe que han muerto, en un accidente de coche, entiende que se han suicidado enamorados. Tengo que volver a leer el libro.
Es curioso que lo libros tengan una edad para leerse. Antes, no se entienden, y después son demasiado simples. “Corazon”, a los 10 o 12 años es maravilloso, pero después no es nada. Bécquer, el todo con 15. Hesse, a quien lei con 24, probablemente sea revelador a los 18; y Rayuela, que no pude acabar con 22, hoy me parece una obra maestra. Leer enseña a vivir, pero también hay que vivir para poder leer.
Por lo demás, Pilar no me ha respondido ni a las llamadas ni al mensaje ¿me querra decir algo…? Me voy a matricular a un curso del British Council, a ver si refresco mi inglés. Mi amigo F, francés, me hace mantenerlo fresco. Y sigo echando de menos una mano que me coja de la mía mientras duermo, o el momento en que sepa vivir sin ella. Y hoy ha sido un buen día. He estado con un viejo amigo, me ha presentado gente agradable, hemos visto a conocidos suyos simpáticos y he cenado caliente, que ya llevaba una semana a bocadillos de salchichón.
07 enero 2004
Hoy me he levantado con fè, lo del agua no fue para tanto y parece que la gente, aqui, como propósito de año nuevo, tiene el ser un poco mas agradable. No esta mal. Además, mail de Daniela, la mexicana, de la que hable, con la que pase una noche en Paris. Aunque nunca respondiera la carta, se le puede perdonar.
Va la cosa bien. Acabo un "curro" para mi "jefe", de 3 cosas, 2 decentes y una chapucilla. Llamada a las 6, me pilla en la calle. TODO PARA ATRÁS. Desde la enganchada del verano, y lo de su casa en octubre, no nos llevamos bien. Me ha hecho polvo.
En eso, me llama M, chica simpática y educada que es capaz de despellejarte sin que te enteres, pero también de hacerte sentirte contento. Me pilla en su calle. Vamos al bar de al lado, después de 3 meses sin hablar. A ver por donde anda.
En medio de la conversación, tiro la coca cola (proposito de año nuevo: no beber... tanto). Todo perdido. Ridiculo. Y encima me dice al final, al pedir la cuenta "lo siento, hoy no te puedo invitar". Se que mi atuendo en su barrio no es normal (no me contestaban algunos de los que les pregunte por el bar) pero hasta ese punto...
Llego al penal. Voy a ver a un conocido a ver si me ayuda con el "trabajo", el tio, encantador, me echa una mano, yo intentando quedar bien, y, de repente, ese dolor en el bajo vientre. NO, necesito un baño!!!! y mientras sonrisa en la boca...
Dios, y todavía no ha acabado el día.
Va la cosa bien. Acabo un "curro" para mi "jefe", de 3 cosas, 2 decentes y una chapucilla. Llamada a las 6, me pilla en la calle. TODO PARA ATRÁS. Desde la enganchada del verano, y lo de su casa en octubre, no nos llevamos bien. Me ha hecho polvo.
En eso, me llama M, chica simpática y educada que es capaz de despellejarte sin que te enteres, pero también de hacerte sentirte contento. Me pilla en su calle. Vamos al bar de al lado, después de 3 meses sin hablar. A ver por donde anda.
En medio de la conversación, tiro la coca cola (proposito de año nuevo: no beber... tanto). Todo perdido. Ridiculo. Y encima me dice al final, al pedir la cuenta "lo siento, hoy no te puedo invitar". Se que mi atuendo en su barrio no es normal (no me contestaban algunos de los que les pregunte por el bar) pero hasta ese punto...
Llego al penal. Voy a ver a un conocido a ver si me ayuda con el "trabajo", el tio, encantador, me echa una mano, yo intentando quedar bien, y, de repente, ese dolor en el bajo vientre. NO, necesito un baño!!!! y mientras sonrisa en la boca...
Dios, y todavía no ha acabado el día.
05 enero 2004
Suena Silvio Rodríguez “Oleo de mujer con sombrero”: la cobardía es asunto de los hombres no de los amantes, los amores cobardes… Olor: té de canela.
Ayer a la noche llegué de nuevo. El viaje, con tiempo para todo. Al mediodía en Huesca, a las 23.15 llegaba a Madrid. En el autobús a Zaragoza, la vida me iba bien: hacía un sol agradable, se oía Kiss FM, y el ansiolítico todavía hacía efecto.
Zaragoza. Pude visitarla gracias al “España va bien”: nadie responde al teléfono de la estación de autobuses (normal, en una ciudad de casi un millón de personas, quién va a querer viajar); la RENFE cobra un 15% por anular un billete (claro, el proceso es más caro según el billete sea Cadiz-Barcelona o Behobia-San Sebastián), además, es más barato que el francés (todo el mundo sabe que 40 euros por los 220 KM de Zaragoza a Madrid es menos dinero que los 60 euros de Hendaya a París).
Tras 4 horas de paseo y comprar “Más Platón y menos Prozac” para aguantar el día, cojo el autobús. Casualidad de esas que le da alegría a la vida: cara conocida de Pamplona, hablamos un poco y, además de ser de mi colegio, estudió con un amigo íntimo mío, es colega de uno que curró conmigo y mi hermana estuvo una semana de vacaciones en septiembre en su casa. Y no sé ni como se llama.
Llego. Pienso que no está tan mal, después de beber agua del grifo y antes de ver que empieza a salir marrón (claro, con el permiso de navidad las tuberías de plomo del año 49 dan sabor). Me meto en la cama pensando quién me mandaba volver.
Hoy me levanto, con pocas ganas de nada y me encuentro algo inesperado: mail de una chica americana que conocí en París, diciéndome que me echa de menos. No hubo nada físico entre nosotros. Peor. Sólo deseo. Algo que queda dentro, cuando es fuerte, como una puerta que no nos atrevimos a abrir; y nos arrepentimos de la cobardía. Me ha dejado una gran sonrisa, al principio. Ahora, después de 10 minutos de siesta, hubiera preferido no ver nada.
Las siestas me sientan fatal. No físicamente. Anímicamente. Es una sensación rara. No es ni angustia ni ansiedad; más suave, pero hace pensar en cosas que debía haber olvidado. No hoy, muchas veces. No sé por qué puede ser.
Ayer a la noche llegué de nuevo. El viaje, con tiempo para todo. Al mediodía en Huesca, a las 23.15 llegaba a Madrid. En el autobús a Zaragoza, la vida me iba bien: hacía un sol agradable, se oía Kiss FM, y el ansiolítico todavía hacía efecto.
Zaragoza. Pude visitarla gracias al “España va bien”: nadie responde al teléfono de la estación de autobuses (normal, en una ciudad de casi un millón de personas, quién va a querer viajar); la RENFE cobra un 15% por anular un billete (claro, el proceso es más caro según el billete sea Cadiz-Barcelona o Behobia-San Sebastián), además, es más barato que el francés (todo el mundo sabe que 40 euros por los 220 KM de Zaragoza a Madrid es menos dinero que los 60 euros de Hendaya a París).
Tras 4 horas de paseo y comprar “Más Platón y menos Prozac” para aguantar el día, cojo el autobús. Casualidad de esas que le da alegría a la vida: cara conocida de Pamplona, hablamos un poco y, además de ser de mi colegio, estudió con un amigo íntimo mío, es colega de uno que curró conmigo y mi hermana estuvo una semana de vacaciones en septiembre en su casa. Y no sé ni como se llama.
Llego. Pienso que no está tan mal, después de beber agua del grifo y antes de ver que empieza a salir marrón (claro, con el permiso de navidad las tuberías de plomo del año 49 dan sabor). Me meto en la cama pensando quién me mandaba volver.
Hoy me levanto, con pocas ganas de nada y me encuentro algo inesperado: mail de una chica americana que conocí en París, diciéndome que me echa de menos. No hubo nada físico entre nosotros. Peor. Sólo deseo. Algo que queda dentro, cuando es fuerte, como una puerta que no nos atrevimos a abrir; y nos arrepentimos de la cobardía. Me ha dejado una gran sonrisa, al principio. Ahora, después de 10 minutos de siesta, hubiera preferido no ver nada.
Las siestas me sientan fatal. No físicamente. Anímicamente. Es una sensación rara. No es ni angustia ni ansiedad; más suave, pero hace pensar en cosas que debía haber olvidado. No hoy, muchas veces. No sé por qué puede ser.