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Que la vida iba en serio, eso lo descubrí más tarde. Como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante.
31 diciembre 2003
Llevo ya una semana en mi casa y la verdad que las cosas han ido peor y mejor de lo que esperaba.
Mejor, porque he estado muy contento en casa, tenía sitio, no como otras veces que venía 2 días y era un visitante. Mi familia, en general, está bien, dentro de lo normal. Encontré a viejos amigos con los que tomar algo e ir a pasear sigue siendo un placer; hubo quien prometió ir a verme, hubo quien me presentó a su amor. Todo eso te hace ver que todavía queda un sitio con calor para ti, de momento. También pude ver “ojos negros”, una maravillosa película, ruso-italiana, donde Mastroianni está increíble, estéticamente es preciosa, pero es amarga. No amarga “a la española”, donde la situación es tan desesperada que casi cae en lo absurdo. Amarga como la vida, con un dulzor en algún punto, que hace que el amargo resalte más.
Peor, porque donde esperaba encontrar algo, he encontrado nada. Sí, ya sé que “viviendo”fuera se pierden las relaciones, pero no tener el más mínimo detalle me parece que va contra las normas de educación. Son muchos años de amistad, sé que la vida es así, pero de 4 amigos, en casa quedan 3, y, en la noche de copas y reencuentro, uno de ellos me dice que, simplemente, le llaman por compromiso. Es un poco triste.
Cena de compromiso, con gente que salió de mi vida al final de la adolescencia dando un portazo. No sé cómo tuvimos algo que ver.
Sin embargo, me quedaré con lo bueno, con las cartas personales que han llegado, con los mails y las llamadas de verdad.
Mejor, porque he estado muy contento en casa, tenía sitio, no como otras veces que venía 2 días y era un visitante. Mi familia, en general, está bien, dentro de lo normal. Encontré a viejos amigos con los que tomar algo e ir a pasear sigue siendo un placer; hubo quien prometió ir a verme, hubo quien me presentó a su amor. Todo eso te hace ver que todavía queda un sitio con calor para ti, de momento. También pude ver “ojos negros”, una maravillosa película, ruso-italiana, donde Mastroianni está increíble, estéticamente es preciosa, pero es amarga. No amarga “a la española”, donde la situación es tan desesperada que casi cae en lo absurdo. Amarga como la vida, con un dulzor en algún punto, que hace que el amargo resalte más.
Peor, porque donde esperaba encontrar algo, he encontrado nada. Sí, ya sé que “viviendo”fuera se pierden las relaciones, pero no tener el más mínimo detalle me parece que va contra las normas de educación. Son muchos años de amistad, sé que la vida es así, pero de 4 amigos, en casa quedan 3, y, en la noche de copas y reencuentro, uno de ellos me dice que, simplemente, le llaman por compromiso. Es un poco triste.
Cena de compromiso, con gente que salió de mi vida al final de la adolescencia dando un portazo. No sé cómo tuvimos algo que ver.
Sin embargo, me quedaré con lo bueno, con las cartas personales que han llegado, con los mails y las llamadas de verdad.
28 diciembre 2003
Los viajes siempre me han gustado, porque ofrecen, sobre papel, la oportunidad de conocer gente que, de otra manera, nunca cruzaría una palabra con nosotros. Especialmente los viajes en tren, más que en autobús. En autobús se está encorsetado. En un tren de los viejos, con compartimentos de 6 u 8 personas, siempre se puede comenzar una conversación; y, como no hay ningún compromiso, ni la posibilidad seria de reencontrarse, cada uno puede decir lo que piensa.
Sobre viajes en general, hablaré en otra ocasión. Ahora acabo de llegar del viaje a casa, por navidad. En autobús, empezamos mal; Madrid-Pamplona, caras conocidas de mi adolescencia (no muchas, pero veo que siempre somos los mismos). Nervios. Ir a casa por navidad me pone muy nervioso. Mi familia se lleva relativamente bien, pero duplicar la gente en casa crea tensión.
Lo malo de estas fechas es la obligación de estar contento por decreto, así como ese concepto tan mediterráneo de “compromiso”. Mensajes de gente que no ha llamado en todo el año; gente que, de repente, se acuerda de que existes, estas en tu casa, y te invitan a una cena donde no conoces a casi nadie (tampoco fui). Cafés, donde si que tuve que ir, y te encuentras, con una sonrisa enorme en la boca, a quien pareció tomarte por muerto el resto del año. Y lo peor: mensajes al móvil en serie; probablemente el que los envía no sabe bien quien eres, pero es Navidad…
Entre las sorpresas, Victoria, la chica que conocí en París y que tuvo un par de noches de pasión con un ex novio a quien no veía hacía 3 años, en aquel momento muy nerviosa (tenía novio desde hace más de un par de años) me contó toda la historia. Un amigo común, antes de venir, me dijo que ella sólo reconoce haber coincidido conmigo unos minutos. Por lo menos no me ha llegado ningún mensaje suyo…
La sorpresa buena. Daniela, la mexicana que tanta guerra dio en París, y quien me enseñó a besar en mi última noche (a estas alturas que pensaba que ya lo sabía todo…) me ha mandado una postal virtual. Me duele que no me contestase la carta, sobretodo teniendo en cuenta mi vida en “Alcatraz”, pero la postal casi lo soluciona: la empresa diseñadora es de Pamplona (Vamos, que se ha tomado la molestia de buscar y quedar bien).
Antes de irme, quedé otra vez con Pilar. Aunque estaba cansadísima, vino. Abrigo blanco hasta las rodillas (creo que le llaman 3/4) y guantes marrones, parecía Audrey Hedbourg en “Sabrina” (aunque a los dos nos gusta más “Vacaciones en Roma”). A pesar de que hago lo posible para que no entre mucho en mi pensamiento, porque lo de que entre en mi vida lo veo muy difícil, no pude evitar tantear como llevaba la ruptura con su novio de 7 años y si tenía ganas de empezar una relación: tira una de cal, y otra de arena.
Le hablé de Amaya, la última, para ver que cara me ponía, y me dijo que lo que ella me daba me lo tenían que dar los amigos, para luego ponerme por las nubes a una amiga de ella, a quien he visto 15 minutos repartidos en 2 veces. Hablamos de otras cosas. No sé cómo hacerlo peor.
Sobre viajes en general, hablaré en otra ocasión. Ahora acabo de llegar del viaje a casa, por navidad. En autobús, empezamos mal; Madrid-Pamplona, caras conocidas de mi adolescencia (no muchas, pero veo que siempre somos los mismos). Nervios. Ir a casa por navidad me pone muy nervioso. Mi familia se lleva relativamente bien, pero duplicar la gente en casa crea tensión.
Lo malo de estas fechas es la obligación de estar contento por decreto, así como ese concepto tan mediterráneo de “compromiso”. Mensajes de gente que no ha llamado en todo el año; gente que, de repente, se acuerda de que existes, estas en tu casa, y te invitan a una cena donde no conoces a casi nadie (tampoco fui). Cafés, donde si que tuve que ir, y te encuentras, con una sonrisa enorme en la boca, a quien pareció tomarte por muerto el resto del año. Y lo peor: mensajes al móvil en serie; probablemente el que los envía no sabe bien quien eres, pero es Navidad…
Entre las sorpresas, Victoria, la chica que conocí en París y que tuvo un par de noches de pasión con un ex novio a quien no veía hacía 3 años, en aquel momento muy nerviosa (tenía novio desde hace más de un par de años) me contó toda la historia. Un amigo común, antes de venir, me dijo que ella sólo reconoce haber coincidido conmigo unos minutos. Por lo menos no me ha llegado ningún mensaje suyo…
La sorpresa buena. Daniela, la mexicana que tanta guerra dio en París, y quien me enseñó a besar en mi última noche (a estas alturas que pensaba que ya lo sabía todo…) me ha mandado una postal virtual. Me duele que no me contestase la carta, sobretodo teniendo en cuenta mi vida en “Alcatraz”, pero la postal casi lo soluciona: la empresa diseñadora es de Pamplona (Vamos, que se ha tomado la molestia de buscar y quedar bien).
Antes de irme, quedé otra vez con Pilar. Aunque estaba cansadísima, vino. Abrigo blanco hasta las rodillas (creo que le llaman 3/4) y guantes marrones, parecía Audrey Hedbourg en “Sabrina” (aunque a los dos nos gusta más “Vacaciones en Roma”). A pesar de que hago lo posible para que no entre mucho en mi pensamiento, porque lo de que entre en mi vida lo veo muy difícil, no pude evitar tantear como llevaba la ruptura con su novio de 7 años y si tenía ganas de empezar una relación: tira una de cal, y otra de arena.
Le hablé de Amaya, la última, para ver que cara me ponía, y me dijo que lo que ella me daba me lo tenían que dar los amigos, para luego ponerme por las nubes a una amiga de ella, a quien he visto 15 minutos repartidos en 2 veces. Hablamos de otras cosas. No sé cómo hacerlo peor.
17 diciembre 2003
Celtas Cortos: “A veces llega un momento en que…”
Galería de personajes curiosos II:
Diego, gallego, con un acento que me hace recordar otras épocas; y otras personas (Mar, P). Psicólogo. Amante de la música, conoce cantatas masonas, canciones populares de Beethoven y la zarzuela barroca española. Come en Burger King. Amante del cine, “la última de Bollaín me parece muy fuerte”, me dice, le pregunto si está acostumbrado a ver cine español, y que opina de “Soñadores”, de Bertolucci. “Soñadores, me encanta, sobre todo la escena en la que el hermano se masturba delante del poster de Dietrich y luego ella vuelve a recogerlo y llevárselo a la boca.”
“Soñadores”, un triángulo amoroso entre dos hermanos y un niño “bien” estadounidense, en el París del 68. Sábado de paseo solitario, buscando en cada rincón de los jardines del palacio a la princesa perdida. Entro en soñadores. Si algún día escribo un libro, lo llamaré “Cine de soledad”. Me encanta ir al cine solo, a meterme en la película, sin estar pendiente de que guste a mi compañía. Salir, y no tener, por obligación, que comentarla: saborearla lentamente, como una botella de buen vino abierta entre dos aficionados; sobran las palabras. Y, más tarde, al día siguiente, recordarla.
Cuando salí, seguí buscando a la princesa, en los callejones del centro. Se podía haber perdido, haberse cansado de conversaciones y salones. Entonces me acordé de J “nunca llegué al extremo de echarme novia para hacer algo los domingos”. Me gustó. Me recordó la adolescencia, cuando uno se echaba novia para tener algo que contar a los amigos en la semana de clase. (Ahora: buscas a alguien para tener a quien contar, en domingo, como fue la semana. Y es genético: conscientemente quiero evitarlo, y no puedo)
Esos amigos, que, desde aquí, me suenan como un poema de las “Soledades”, ese “caballito de madera que cuesta una moneda de cobre, los domingos”, o aquellos “días azules y este sol de la infancia”.¿Dónde estarán? La ventaja de que, cuando no hay nada que ofrecer, sólo unos pocos se acuerden de uno, es que cuando haya algo que ofrecer (y, algún día, espero que lo haya) sólo hay que acordarse de unos pocos.
Lo pienso mientras entro en un café. Hace demasiado frío como para llevar esta chupa, aunque las manos vayan en los bolsillos y el cuello algo levantado. Es mi día de permiso, y he descubierto que me encanta observar a la gente de los cafés del centro, acodado en una mesa de mármol, delante de un vino tinto o un té de canela (ese aroma, con un poco de olor a marihuana y a perfume de mujer…).
Italiano de cincuenta y muchos con rubia de bote de treinta y pocos; 2 + 1 amigas que, cuando hablan de la boda que ya han firmado, parece su sentencia de muerte; cuadrilla de treinta-añeros con chica joven de venti y pocos, la niña intenta llamar la atención de alguno. Todo el mundo pretende que no ve al solitario del té.
Repaso mi situación: P, la princesa, me dijo que me llamaría… hace una semana. A, la polaca, al final no confirmó lo del novio, aunque se palpa. A, la de la puñalada de hace un mes, extremadamente correcta: la vi el viernes, educadísima, y le pedí un favor, al momento estaba hecho; eso si, ni un chiste: deduzco que todavía la miro con deseo. El viernes, permiso de navidad; cañas que me apetecen; el sábado, cena de compromiso, ojalá salga algo inesperado… el lunes, a casa, la familia: ese paraíso de donde no te pueden expulsar.
Vuelvo a Alcatraz, todavía andan por el barrio los skins, espero que no me vean. Sigo sin poder dormir, hablaré con el psicólogo, Diego.
Galería de personajes curiosos II:
Diego, gallego, con un acento que me hace recordar otras épocas; y otras personas (Mar, P). Psicólogo. Amante de la música, conoce cantatas masonas, canciones populares de Beethoven y la zarzuela barroca española. Come en Burger King. Amante del cine, “la última de Bollaín me parece muy fuerte”, me dice, le pregunto si está acostumbrado a ver cine español, y que opina de “Soñadores”, de Bertolucci. “Soñadores, me encanta, sobre todo la escena en la que el hermano se masturba delante del poster de Dietrich y luego ella vuelve a recogerlo y llevárselo a la boca.”
“Soñadores”, un triángulo amoroso entre dos hermanos y un niño “bien” estadounidense, en el París del 68. Sábado de paseo solitario, buscando en cada rincón de los jardines del palacio a la princesa perdida. Entro en soñadores. Si algún día escribo un libro, lo llamaré “Cine de soledad”. Me encanta ir al cine solo, a meterme en la película, sin estar pendiente de que guste a mi compañía. Salir, y no tener, por obligación, que comentarla: saborearla lentamente, como una botella de buen vino abierta entre dos aficionados; sobran las palabras. Y, más tarde, al día siguiente, recordarla.
Cuando salí, seguí buscando a la princesa, en los callejones del centro. Se podía haber perdido, haberse cansado de conversaciones y salones. Entonces me acordé de J “nunca llegué al extremo de echarme novia para hacer algo los domingos”. Me gustó. Me recordó la adolescencia, cuando uno se echaba novia para tener algo que contar a los amigos en la semana de clase. (Ahora: buscas a alguien para tener a quien contar, en domingo, como fue la semana. Y es genético: conscientemente quiero evitarlo, y no puedo)
Esos amigos, que, desde aquí, me suenan como un poema de las “Soledades”, ese “caballito de madera que cuesta una moneda de cobre, los domingos”, o aquellos “días azules y este sol de la infancia”.¿Dónde estarán? La ventaja de que, cuando no hay nada que ofrecer, sólo unos pocos se acuerden de uno, es que cuando haya algo que ofrecer (y, algún día, espero que lo haya) sólo hay que acordarse de unos pocos.
Lo pienso mientras entro en un café. Hace demasiado frío como para llevar esta chupa, aunque las manos vayan en los bolsillos y el cuello algo levantado. Es mi día de permiso, y he descubierto que me encanta observar a la gente de los cafés del centro, acodado en una mesa de mármol, delante de un vino tinto o un té de canela (ese aroma, con un poco de olor a marihuana y a perfume de mujer…).
Italiano de cincuenta y muchos con rubia de bote de treinta y pocos; 2 + 1 amigas que, cuando hablan de la boda que ya han firmado, parece su sentencia de muerte; cuadrilla de treinta-añeros con chica joven de venti y pocos, la niña intenta llamar la atención de alguno. Todo el mundo pretende que no ve al solitario del té.
Repaso mi situación: P, la princesa, me dijo que me llamaría… hace una semana. A, la polaca, al final no confirmó lo del novio, aunque se palpa. A, la de la puñalada de hace un mes, extremadamente correcta: la vi el viernes, educadísima, y le pedí un favor, al momento estaba hecho; eso si, ni un chiste: deduzco que todavía la miro con deseo. El viernes, permiso de navidad; cañas que me apetecen; el sábado, cena de compromiso, ojalá salga algo inesperado… el lunes, a casa, la familia: ese paraíso de donde no te pueden expulsar.
Vuelvo a Alcatraz, todavía andan por el barrio los skins, espero que no me vean. Sigo sin poder dormir, hablaré con el psicólogo, Diego.
11 diciembre 2003
Suena “Por el boulevard de los sueños rotos” y “Peces de ciudad”
Ya cayó la noche, me voy a pasear por las callejas del centro, las que todavía tienen algo de encanto, algún café de siempre y algún bar nuevo decorado con gusto, además de las cervecerías australianas e irlandesas de toda ciudad española que se precie.
Alguna pareja gay, alguna pareja hetero, grupos de 3 o 4 personas. Hay quien me mira y por la cara de cansado me cede el paso en la acera estrecha; hay quien me mira y por esa misma cara se me hecha encima, queriendo, al final de su día, quedar encima de alguien en algún aspecto de su vida.
Entre los solitarios, los paseantes como yo andarán por los 40; demasiado, de entrada, para una conversación. El resto, va de paso. Más o menos. Una sonrisa encantadora me hace pisar una mierda de perro. Hay quien, a primera vista, me cae simpático, y hay quien no me gusta; sólo por cómo anda, cómo mira, o algún detalle minúsculo. Sólo uno me intimida. Ni me ha mirado. Casi dos metros, pelo y barba apuntada negros, contrastan con la palidez de su piel, y hacen juego con la ropa. Pasa como si la vida le debiera algo. Eso es lo que me da miedo.
Encuentro un locutorio. Llamo a Ágata, polaca, con una risa en los ojos envidiable. Alegría en estado puro. Hace un año que no la veo. Me quiso en su día. Está amable, simpática, se alegra de que la llame, pero tiene algo que decirme. Están cerrando el locutorio, dice que le llame mañana, pero que no llegará a casa antes de las 10, tiene una cita.
No son celos. La vida es así. Me alegro por ella y lo siento por mí. No le pediría nunca que me esperase. Fui yo quien no quiso la boda porque era demasiado pronto, para mí. Y sin embargo la tengo en la cabeza. La razón, puede que porque me hizo ver la vida de otra manera, puede que porque esa manera fuese mucho más bonita; puede que porque las circunstancias hicieron que no saliese adelante. Y porque me quiso de verdad, como pocas veces se quiere.
Las calles se han vaciado un poco, aunque todavía se ve gente. Creo que iré al penal andando, todavía no es tarde. No quiero salir en las noticias como víctima de los Skins que están dejando miedo en el barrio.
Ya cayó la noche, me voy a pasear por las callejas del centro, las que todavía tienen algo de encanto, algún café de siempre y algún bar nuevo decorado con gusto, además de las cervecerías australianas e irlandesas de toda ciudad española que se precie.
Alguna pareja gay, alguna pareja hetero, grupos de 3 o 4 personas. Hay quien me mira y por la cara de cansado me cede el paso en la acera estrecha; hay quien me mira y por esa misma cara se me hecha encima, queriendo, al final de su día, quedar encima de alguien en algún aspecto de su vida.
Entre los solitarios, los paseantes como yo andarán por los 40; demasiado, de entrada, para una conversación. El resto, va de paso. Más o menos. Una sonrisa encantadora me hace pisar una mierda de perro. Hay quien, a primera vista, me cae simpático, y hay quien no me gusta; sólo por cómo anda, cómo mira, o algún detalle minúsculo. Sólo uno me intimida. Ni me ha mirado. Casi dos metros, pelo y barba apuntada negros, contrastan con la palidez de su piel, y hacen juego con la ropa. Pasa como si la vida le debiera algo. Eso es lo que me da miedo.
Encuentro un locutorio. Llamo a Ágata, polaca, con una risa en los ojos envidiable. Alegría en estado puro. Hace un año que no la veo. Me quiso en su día. Está amable, simpática, se alegra de que la llame, pero tiene algo que decirme. Están cerrando el locutorio, dice que le llame mañana, pero que no llegará a casa antes de las 10, tiene una cita.
No son celos. La vida es así. Me alegro por ella y lo siento por mí. No le pediría nunca que me esperase. Fui yo quien no quiso la boda porque era demasiado pronto, para mí. Y sin embargo la tengo en la cabeza. La razón, puede que porque me hizo ver la vida de otra manera, puede que porque esa manera fuese mucho más bonita; puede que porque las circunstancias hicieron que no saliese adelante. Y porque me quiso de verdad, como pocas veces se quiere.
Las calles se han vaciado un poco, aunque todavía se ve gente. Creo que iré al penal andando, todavía no es tarde. No quiero salir en las noticias como víctima de los Skins que están dejando miedo en el barrio.
08 diciembre 2003
“Viaje de ida y vuelta”, podría llamar a la semana pasada. Después de haber sido, casi, feliz durante el fin de semana, de repente, el lunes: “virusito” de gastroenteritis. 24 horas de duración. El martes por la mañana ya pensaba que iba a ser para una semana; al mediodía iba a ser algo grave y por la tarde me acerqué al ambulatorio, porque puede ser desde una ETS a una hepatitis.
El miércoles simplemente pienso en que si no es una hepatitis será un aumento de la bilirrubina que llevará, indefectiblemente, a un coma cerebral, lento pero seguro. El cáncer de vesícula o un principio de sífilis son opciones a tener en cuenta. Tras 4 días pudriéndome tan literalmente como hasta ahora, a lo mejor el olor me delataba y llamaban para que mi madre pudiese enterrarme.
El jueves, en el más profundo agujero, recibí llamada de mi padre. A tiempo. Me hizo ir a verle, me puso las ies con los puntos correspondientes y, tras estar un par de días en el refugio, vuelvo al arroyo en, cómo no, DOMINGO. Gracias, aunque no me leas.
Hoy sigo al pie del cañón, con fe, con ganas de irme en el permiso de navidades, aunque no tengo ninguna gana de tener compromisos de calendario.
Sigo soñando con P, su cumpleaños es el jueves, y me imagino que hace una cena, no necesariamente para 2, pero a la que estoy invitado y, en esta ocasión, no se me escapa. Probablemente habrá una cena, y, si soy invitado, será para conocer al hombre que llene ahora su vida, mientras pienso en qué tiene la “festividad” de la Constitución que cada año me depara la misma cena, para conocer al mismo tío, que no sé que tiene que no tenga yo, aparte de perdonarme la vida, tener poca conversación y no saber estar.
El miércoles simplemente pienso en que si no es una hepatitis será un aumento de la bilirrubina que llevará, indefectiblemente, a un coma cerebral, lento pero seguro. El cáncer de vesícula o un principio de sífilis son opciones a tener en cuenta. Tras 4 días pudriéndome tan literalmente como hasta ahora, a lo mejor el olor me delataba y llamaban para que mi madre pudiese enterrarme.
El jueves, en el más profundo agujero, recibí llamada de mi padre. A tiempo. Me hizo ir a verle, me puso las ies con los puntos correspondientes y, tras estar un par de días en el refugio, vuelvo al arroyo en, cómo no, DOMINGO. Gracias, aunque no me leas.
Hoy sigo al pie del cañón, con fe, con ganas de irme en el permiso de navidades, aunque no tengo ninguna gana de tener compromisos de calendario.
Sigo soñando con P, su cumpleaños es el jueves, y me imagino que hace una cena, no necesariamente para 2, pero a la que estoy invitado y, en esta ocasión, no se me escapa. Probablemente habrá una cena, y, si soy invitado, será para conocer al hombre que llene ahora su vida, mientras pienso en qué tiene la “festividad” de la Constitución que cada año me depara la misma cena, para conocer al mismo tío, que no sé que tiene que no tenga yo, aparte de perdonarme la vida, tener poca conversación y no saber estar.
03 diciembre 2003
Me parece que no se me ha ido la gripe: tengo un mal cuerpo de espanto. Otra vez la cabeza pesa y se carece de concentración; otra vez no puedo trabajar como quisiera.
Lo peor no es eso. Lo peor es que espero que P, la chica del cine, me mande un mensaje, me llame, me diga algo. Sí, ya sé que antes era A y todas esas cosas, pero el amor no se busca gratuitamente.
Es decir, nadie busca estar con otra persona cuando está bien solo. Generalmente, además, muy poca gente está mejor sola que acompañada. No me refiero a la compañía física en todo momento, sino a saber que hay alguien que se acuerda de ti, que piensa qué estarás haciendo y se enfada si no le llamas. Alguien que “esté ahí”.
Por eso, espero “noticias” de P. Puede que debiera ser yo quien llamara, pero no conviene molestar más de lo que lo hago por simple naturaleza.
Sé que no es la mujer de mi vida, porque nadie lo es en la vida de nadie, al menos a priori.
Soy de los que, en las noches sin luna, creo en las casualidades. Otros creen en los vampiros, los fantasmas, las psicofonías o cualquier cosa así. Yo sólo creo en las casualidades.
Pienso que si mis padres hubieran comprado el piso en otro sitio, mis amigos no lo serían, y puede que hasta nos hubiesemos llevado mal. Nunca habría besado a las chicas que se dejaron besar (ni se me habrían escapado sin que me enterase las que lo hicieron). Y puede que si hubiesen sido otras las que se dejaron y otras las que escaparon no estaría aquí, ahora.
Cada día, en cada paso, cambiamos nuestra historia. No todos los días ni en todos los pasos, pero en el conjunto de ellos, sí. Dependiendo de donde vayamos a tomar café o cañas, podemos acabar siendo abogados, guitarristas o fontaneros; y casarnos con la rubia o con la morena que nos hayan elegido.
Sin embargo, creo en las casualidades: de repente, aparecen personas en la vida de uno que parece que siempre estuvieron allí, que solamente esperábamos su llegada. O libros, o películas o canciones o lugares (gracias “Demian “ y “Rayuela”, el concierto para guitarra y orquesta de Bacarisse, Londres y París, Roma). Elementos que aparecen y de repente dan un giro a nuestra rutina, puede que para quedarse definitivamente.
Si no físicamente, al menos en la memoria. Mientras otros, con los que puede que hayamos pasado mucho más tiempo, no nos han dado nada. Sabemos que existen únicamente porque no los podemos ignorar. Si los sacásemos de la memoria no pasaría absolutamente nada, a diferencia de aquellos que nos fueron (y puede que sean todavía) “imprescindibles” por llamarlos de alguna manera.
Y no sólo es cuestión de encontrar a esos “imprescindibles” por casualidad, también es casualidad el momento en que los encontramos. Dadas unas u otras características pueden ser sombras a las que difícilmente podemos poner rostro, tiempo de vida perdido entre páginas o imágenes… o pueden ser los puntos básicos sobre los que discurre nuestra vida social e interior.
Y otros detalles: el tiempo que haga en una primera cita, fundamental; como el número de copas cuando nos presentan a alguien. ¡Esa nefasta importancia inconsciente que se da a la primera impresión!
Y sin embargo, cómo duele cuando esperamos que esa casualidad, que esa persona que la necesidad de amar nos hizo encontrar, no nos llama.
Lo peor no es eso. Lo peor es que espero que P, la chica del cine, me mande un mensaje, me llame, me diga algo. Sí, ya sé que antes era A y todas esas cosas, pero el amor no se busca gratuitamente.
Es decir, nadie busca estar con otra persona cuando está bien solo. Generalmente, además, muy poca gente está mejor sola que acompañada. No me refiero a la compañía física en todo momento, sino a saber que hay alguien que se acuerda de ti, que piensa qué estarás haciendo y se enfada si no le llamas. Alguien que “esté ahí”.
Por eso, espero “noticias” de P. Puede que debiera ser yo quien llamara, pero no conviene molestar más de lo que lo hago por simple naturaleza.
Sé que no es la mujer de mi vida, porque nadie lo es en la vida de nadie, al menos a priori.
Soy de los que, en las noches sin luna, creo en las casualidades. Otros creen en los vampiros, los fantasmas, las psicofonías o cualquier cosa así. Yo sólo creo en las casualidades.
Pienso que si mis padres hubieran comprado el piso en otro sitio, mis amigos no lo serían, y puede que hasta nos hubiesemos llevado mal. Nunca habría besado a las chicas que se dejaron besar (ni se me habrían escapado sin que me enterase las que lo hicieron). Y puede que si hubiesen sido otras las que se dejaron y otras las que escaparon no estaría aquí, ahora.
Cada día, en cada paso, cambiamos nuestra historia. No todos los días ni en todos los pasos, pero en el conjunto de ellos, sí. Dependiendo de donde vayamos a tomar café o cañas, podemos acabar siendo abogados, guitarristas o fontaneros; y casarnos con la rubia o con la morena que nos hayan elegido.
Sin embargo, creo en las casualidades: de repente, aparecen personas en la vida de uno que parece que siempre estuvieron allí, que solamente esperábamos su llegada. O libros, o películas o canciones o lugares (gracias “Demian “ y “Rayuela”, el concierto para guitarra y orquesta de Bacarisse, Londres y París, Roma). Elementos que aparecen y de repente dan un giro a nuestra rutina, puede que para quedarse definitivamente.
Si no físicamente, al menos en la memoria. Mientras otros, con los que puede que hayamos pasado mucho más tiempo, no nos han dado nada. Sabemos que existen únicamente porque no los podemos ignorar. Si los sacásemos de la memoria no pasaría absolutamente nada, a diferencia de aquellos que nos fueron (y puede que sean todavía) “imprescindibles” por llamarlos de alguna manera.
Y no sólo es cuestión de encontrar a esos “imprescindibles” por casualidad, también es casualidad el momento en que los encontramos. Dadas unas u otras características pueden ser sombras a las que difícilmente podemos poner rostro, tiempo de vida perdido entre páginas o imágenes… o pueden ser los puntos básicos sobre los que discurre nuestra vida social e interior.
Y otros detalles: el tiempo que haga en una primera cita, fundamental; como el número de copas cuando nos presentan a alguien. ¡Esa nefasta importancia inconsciente que se da a la primera impresión!
Y sin embargo, cómo duele cuando esperamos que esa casualidad, que esa persona que la necesidad de amar nos hizo encontrar, no nos llama.
01 diciembre 2003
“”“Suena: Con te partiro.
Hoy no es un día especial por nada en concreto. No hace calor y parece que va a llover. Los periódicos, como siempre: malas noticias que mañana envolverán el bocadillo en las obras, el pescado para las amas de casa o serán aviones en manos de niños.
Sin embargo hoy parece que el mundo tiene un orden, que la gente no es tan mala, que merece la pena levantarse de la cama y luchar por un sueño, disfrutar de un rayo de sol, del viento de invierno o de la caída lenta de las hojas.
Hoy me gustaría volver a ser niño, a jugar a la peonza o las canicas (nunca supe hacer ninguna de las dos cosas...). Hacer volar cometas y levantar la falda a las niñas de colegio. Me gustaría volver a tener esa sensación de que el tiempo no pasa, de que siempre se van a tener 8 o 10 años y el universo cabe en una plaza.
Volver a conocer a la gente que ha merecido la pena ser conocida y volver a enamorarse del amor con 15 años, cuando una adolescente empieza a ser todo lo que el hombre ignora, y todavía él no lo sabe.
“cuando por fin se aprende a dar a la piedra para que vaya al punto exacto de la Rayuela, de repente, ya no somos niños” Julio Cortazar, “Rayuela” (perdón por la inexactitud pero es de memoria).”””
Bueno, esto lo escribí hace 4 o 5 días, tras pasar la fiebre. Hoy la sonrisa no es tan amplia pero queda dibujada todavía. El día libre merecio la pena totalmente. Espero que lo menos para un mes, Resumen:
El viernes, tras currar como un descosido toda la semana, me llamó un ex presidiario, era su cumpleaños y había alquilado un bar. Llegué a la 1, empezando el tercer grado. Estuvimos correctos. Me hizo hasta ilusión.
El sábado, pensando en pasear sin rumbo, me encontré la llamada de P, el amigote que se traslada a Valencia. Había quedado con una inglesa y me dijo que fuese.
Nos tomamos 3 o 4 cañas hablando francés mientras buscábamos para ella 3 libros de tauromaquia. Los de las tiendas todavía no se lo creen, supongo.
Cuando se fue, llamó un amigo de él. Dejaba su curro de informático para hacerse profesor de instituto. Todavía hay románticos por el mundo.
3 o 4 cañas con él, y nos fuimos P y yo a cenar con los tickets de comidas que le dan en el curro. El camarero todavía se reirá cuando recuerde como puse patas arriba el restaurante buscando el móvil y al final lo tenía en la manga de la chupa (y la chupa puesta).
En ese momento llamó otro amigo de P. Había alquilado un bar por su cumpleaños. Fuimos para allá y nos tomamos 2 o3 güiskis a su salud. Tras 15 horas en la calle, con mochila, volví.
Hoy, como últimamente, me voy al cine con una antigua compañera y sus amigas. La chica más encantadora de esta ciudad, a la que su novio, tras 7 años, dejó hace 2 meses; y yo sólo espero estar cerca cuando rehaga en serio su vida.
Como siempre, no sé cómo hacerlo peor (un día me dijo J: “tú, al revés que todo el mundo, no seas tu mismo”). La película, un “pastelón” increíble de H Grant, donde, como siempre, acabo lagrimeando (el secreto de los que vamos con coraza es que somos mantequilla al sol) e intentando que no se note. Debe haber algo que me da alergia en las salas con butacas y sin luz.
Me imagino que, con el tiempo, en el mejor de los casos, acabaré saliendo con su mejor amiga, su prima o su compañera de piso, que es como acaban estas cosas; cuando hay suerte.
La que, en un principio, piensas que es la mujer de tu vida, acaba siendo la vecina de tu novia, o la amiga soltera de tu mujer, o la prima lejana a la que se ve en navidad…
Y sí, Je, aquí estoy, desde mi ventana viendo como nadie me espera a las noches para cenar un bocadillo a medias y compartir vaso de cepillo de dientes, periódico los domingos, con desayuno para dos, toalla y sudores, ojeras, risas, ilusiones, proyectos y éxitos. Y recuerda que, para cualquier latino, su madre es siempre su madre. Y muchas gracias por todo.
Hoy no es un día especial por nada en concreto. No hace calor y parece que va a llover. Los periódicos, como siempre: malas noticias que mañana envolverán el bocadillo en las obras, el pescado para las amas de casa o serán aviones en manos de niños.
Sin embargo hoy parece que el mundo tiene un orden, que la gente no es tan mala, que merece la pena levantarse de la cama y luchar por un sueño, disfrutar de un rayo de sol, del viento de invierno o de la caída lenta de las hojas.
Hoy me gustaría volver a ser niño, a jugar a la peonza o las canicas (nunca supe hacer ninguna de las dos cosas...). Hacer volar cometas y levantar la falda a las niñas de colegio. Me gustaría volver a tener esa sensación de que el tiempo no pasa, de que siempre se van a tener 8 o 10 años y el universo cabe en una plaza.
Volver a conocer a la gente que ha merecido la pena ser conocida y volver a enamorarse del amor con 15 años, cuando una adolescente empieza a ser todo lo que el hombre ignora, y todavía él no lo sabe.
“cuando por fin se aprende a dar a la piedra para que vaya al punto exacto de la Rayuela, de repente, ya no somos niños” Julio Cortazar, “Rayuela” (perdón por la inexactitud pero es de memoria).”””
Bueno, esto lo escribí hace 4 o 5 días, tras pasar la fiebre. Hoy la sonrisa no es tan amplia pero queda dibujada todavía. El día libre merecio la pena totalmente. Espero que lo menos para un mes, Resumen:
El viernes, tras currar como un descosido toda la semana, me llamó un ex presidiario, era su cumpleaños y había alquilado un bar. Llegué a la 1, empezando el tercer grado. Estuvimos correctos. Me hizo hasta ilusión.
El sábado, pensando en pasear sin rumbo, me encontré la llamada de P, el amigote que se traslada a Valencia. Había quedado con una inglesa y me dijo que fuese.
Nos tomamos 3 o 4 cañas hablando francés mientras buscábamos para ella 3 libros de tauromaquia. Los de las tiendas todavía no se lo creen, supongo.
Cuando se fue, llamó un amigo de él. Dejaba su curro de informático para hacerse profesor de instituto. Todavía hay románticos por el mundo.
3 o 4 cañas con él, y nos fuimos P y yo a cenar con los tickets de comidas que le dan en el curro. El camarero todavía se reirá cuando recuerde como puse patas arriba el restaurante buscando el móvil y al final lo tenía en la manga de la chupa (y la chupa puesta).
En ese momento llamó otro amigo de P. Había alquilado un bar por su cumpleaños. Fuimos para allá y nos tomamos 2 o3 güiskis a su salud. Tras 15 horas en la calle, con mochila, volví.
Hoy, como últimamente, me voy al cine con una antigua compañera y sus amigas. La chica más encantadora de esta ciudad, a la que su novio, tras 7 años, dejó hace 2 meses; y yo sólo espero estar cerca cuando rehaga en serio su vida.
Como siempre, no sé cómo hacerlo peor (un día me dijo J: “tú, al revés que todo el mundo, no seas tu mismo”). La película, un “pastelón” increíble de H Grant, donde, como siempre, acabo lagrimeando (el secreto de los que vamos con coraza es que somos mantequilla al sol) e intentando que no se note. Debe haber algo que me da alergia en las salas con butacas y sin luz.
Me imagino que, con el tiempo, en el mejor de los casos, acabaré saliendo con su mejor amiga, su prima o su compañera de piso, que es como acaban estas cosas; cuando hay suerte.
La que, en un principio, piensas que es la mujer de tu vida, acaba siendo la vecina de tu novia, o la amiga soltera de tu mujer, o la prima lejana a la que se ve en navidad…
Y sí, Je, aquí estoy, desde mi ventana viendo como nadie me espera a las noches para cenar un bocadillo a medias y compartir vaso de cepillo de dientes, periódico los domingos, con desayuno para dos, toalla y sudores, ojeras, risas, ilusiones, proyectos y éxitos. Y recuerda que, para cualquier latino, su madre es siempre su madre. Y muchas gracias por todo.