Links
- Mi alter ego
- routineoperations
- olvido
- la otra ventana
- miscartas
- the flyer
- perdido en la ciudad
- el frasco del odio
Archives
Que la vida iba en serio, eso lo descubrí más tarde. Como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante.
24 noviembre 2003
Domingo otra vez. Fiebre, música francesa: Mouskouri haciendo un homenage a, entre otros, Brel o Serge Gainsbourg. Comiendo nueces y mirando por la ventana los rayos de sol que se escapan entre las nubes, tras dos días de lluvia continua. Tranquilidad en exceso.
No pido una mano de mujer que blablabla (Béquer), ni espero que me llame nadie a preguntar cómo estoy, salvo mi madre. Y mucho menos que llame algún “vecino” a la puerta a interesarse, aunque sea por no acordarme por la pareja de homosexuales que lo hacía y en su sonrisa se veía la satisfacción de poder dar rienda suelta a sus deseos sin tener que disimular.
No lo quiero, quizá porque sé que no lo veré. Por lo menos en estos tiempos. Lo único que no soporto es verme sin fuerza. Si camino, las nauseas me impiden hacerlo con normalidad. De pie, me canso. No leo mucho porque se me va la cabeza (aunque gracias a H acabo de descubrir a Montalbán y a Carvalho, muy buenos J).
Son días que se pasan, tiempo que se pierde inútilmente y esa sensación de debilidad e impotencia. Ese desprecio velado de ayer, comiendo en casa de P, cuando dos “amigas” I y T, a quienes conozco desde hace 10 años y quienes no me han llamado en los últimos 9 meses en el mejor de los casos, dicen entre dientes: que exagerado, mira que no levantarse a saludarnos… No he visto que nadie se agachase a saludarme a mí. Tampoco pido comprensión, sólo silencio.
Y poder ser yo mismo, activo, con fuerza, otra vez. Pero tampoco es lo peor la debilidad impotente. Desear que A llame por casualidad y venga a saludar, por vernos otra vez antes de perdernos en la marea de la ciudad. Recordar la infancia protegida de las enfermedades de niño. No.
Lo peor es todo el tiempo que hay para que viejos errores vuelvan de lo más profundo de la memoria, o errores recientes se hagan patentes. Para pensar por qué nos equivocamos así o arrepentirnos de antemano de cosas que todavía no han causado problemas pero pueden que lo hagan pronto.
Ignoro la capacidad de la persona de arrepentimiento, de culpabilizarse por cosas que quizá fueron inevitables por la edad, las circunstancias, ambas, u otras. Pero debe ser inmensa. Y no debería ser así. Se debería aprender de los errores y recordar lo aprendido, no el error. Sino, es como equivocarse a sabiendas una y otra vez, repasándolo mental y casi inconscientemente, ayudado por la fiebre, la música y las calles mojadas.
No pido una mano de mujer que blablabla (Béquer), ni espero que me llame nadie a preguntar cómo estoy, salvo mi madre. Y mucho menos que llame algún “vecino” a la puerta a interesarse, aunque sea por no acordarme por la pareja de homosexuales que lo hacía y en su sonrisa se veía la satisfacción de poder dar rienda suelta a sus deseos sin tener que disimular.
No lo quiero, quizá porque sé que no lo veré. Por lo menos en estos tiempos. Lo único que no soporto es verme sin fuerza. Si camino, las nauseas me impiden hacerlo con normalidad. De pie, me canso. No leo mucho porque se me va la cabeza (aunque gracias a H acabo de descubrir a Montalbán y a Carvalho, muy buenos J).
Son días que se pasan, tiempo que se pierde inútilmente y esa sensación de debilidad e impotencia. Ese desprecio velado de ayer, comiendo en casa de P, cuando dos “amigas” I y T, a quienes conozco desde hace 10 años y quienes no me han llamado en los últimos 9 meses en el mejor de los casos, dicen entre dientes: que exagerado, mira que no levantarse a saludarnos… No he visto que nadie se agachase a saludarme a mí. Tampoco pido comprensión, sólo silencio.
Y poder ser yo mismo, activo, con fuerza, otra vez. Pero tampoco es lo peor la debilidad impotente. Desear que A llame por casualidad y venga a saludar, por vernos otra vez antes de perdernos en la marea de la ciudad. Recordar la infancia protegida de las enfermedades de niño. No.
Lo peor es todo el tiempo que hay para que viejos errores vuelvan de lo más profundo de la memoria, o errores recientes se hagan patentes. Para pensar por qué nos equivocamos así o arrepentirnos de antemano de cosas que todavía no han causado problemas pero pueden que lo hagan pronto.
Ignoro la capacidad de la persona de arrepentimiento, de culpabilizarse por cosas que quizá fueron inevitables por la edad, las circunstancias, ambas, u otras. Pero debe ser inmensa. Y no debería ser así. Se debería aprender de los errores y recordar lo aprendido, no el error. Sino, es como equivocarse a sabiendas una y otra vez, repasándolo mental y casi inconscientemente, ayudado por la fiebre, la música y las calles mojadas.
20 noviembre 2003
Galería de personajes curiosos I.
Darwin como nombre propio, melena por los hombros. 26 años. Ropa, digamos”urban casual wear”. Venezolano, según dice. Sale jueves, viernes y sábados y el resto del día se le puede ver vagueando por ahí. Afirma estudiar sociología. Profesión, cura (las fotos las vi…) Cuando lo vi por primera vez diría estar ante el hijo rico de un emigrante español o un huido de las FARC que busca pasar desapercibido.
Salimos el viernes a tomar una copa; después de tres bares, y buscando una conversación diferente y olvidar la última puñalada, me dirigí a la compañera de barra. Tras 3 minutos de conversación, el tío me dio un empujón y siguió él la conversación, cosa que me molestó bastante. Hoy todavía está mosqueado porque no me sentó bien.
Volviendo al penal andando, me dijo que en lo primero en que se fijaba de una mujer era en las manos. Me llamó mucho la atención. Mirar las manos.
En una mujer, siempre me fijo en los ojos, la nariz y la boca. Más bien en como mira, como mueve la cara, los gestos. Sólo si tiene cara de joven, es menuda, y tiene tensión sexual, le miro las manos. Me encanta mirar unas manos suaves de mujer de unos 20 o 22 años. Pequeñas, a juego con unos pies de la 36, me las imagino violentando una camisa de hombre para tocar su pecho viril, con una mirada que invita a todo sin decir nada, sin que luego se pueda pedir algo que se prometió. Sensualidad, todo lo que el hombre ignora y ella, a sus 20 o 22 años, parece saberlos desde antes de nacer.
¿En que os fijais? Comentarios, teneis la dirección más abajo.
Darwin como nombre propio, melena por los hombros. 26 años. Ropa, digamos”urban casual wear”. Venezolano, según dice. Sale jueves, viernes y sábados y el resto del día se le puede ver vagueando por ahí. Afirma estudiar sociología. Profesión, cura (las fotos las vi…) Cuando lo vi por primera vez diría estar ante el hijo rico de un emigrante español o un huido de las FARC que busca pasar desapercibido.
Salimos el viernes a tomar una copa; después de tres bares, y buscando una conversación diferente y olvidar la última puñalada, me dirigí a la compañera de barra. Tras 3 minutos de conversación, el tío me dio un empujón y siguió él la conversación, cosa que me molestó bastante. Hoy todavía está mosqueado porque no me sentó bien.
Volviendo al penal andando, me dijo que en lo primero en que se fijaba de una mujer era en las manos. Me llamó mucho la atención. Mirar las manos.
En una mujer, siempre me fijo en los ojos, la nariz y la boca. Más bien en como mira, como mueve la cara, los gestos. Sólo si tiene cara de joven, es menuda, y tiene tensión sexual, le miro las manos. Me encanta mirar unas manos suaves de mujer de unos 20 o 22 años. Pequeñas, a juego con unos pies de la 36, me las imagino violentando una camisa de hombre para tocar su pecho viril, con una mirada que invita a todo sin decir nada, sin que luego se pueda pedir algo que se prometió. Sensualidad, todo lo que el hombre ignora y ella, a sus 20 o 22 años, parece saberlos desde antes de nacer.
¿En que os fijais? Comentarios, teneis la dirección más abajo.
17 noviembre 2003
Domingo, 9.40 de la mañana. Ayer me costó llegar una hora y media en metro. La máquina se tragó el abono. Nadie para reclamar. Nadie para comprar otro. Nadie para decir algo. Nadie.
La mañana es lluviosa, con nubes bajas que parecen que acabarán aplastando la ciudad. Quise llegar cansado para dormir bien y levantarme con ánimo. Me levanto como si me acabara de acostar. Coger un bolígrafo es un esfuerzo espantoso. Trabajo atrasado (aunque trabajase 24 horas, 7 días, 52 semanas tendría cosas que hacer). Intento sacarlo adelante. Hoy queda el mismo montón.
Estaba contento porque P, un amigo de la infancia, venía aquí a vivir. Ya tendría algo que hacer el finde en tercer grado. Comí el sábado con él. Un “hogar” durante unas horas. Se marcha 6 meses a trabajar a Valencia.
Lunes, con esta víspera, todo estaría bien. Todo menos no poder dormir hasta las 2.00 (y gracias a la industria farmaceutica, que cuida de que podamos dormir artificialmente, para no pensar). La mañana pesa como una eternidad. La siesta es peor, me quiero despertar porque tengo pesadillas, pero estoy demasiado cansado. Más vale que esa media hora, normalmente 10 minutos, me hacían falta.
Necesito salir de aquí, un cambio de aires. Vivir entre otras cuatro paredes, para que parezca que estoy empezando de nuevo, que esa es la oportunidad (la oportunidad es cada día, pero en otra ocasión hablaremos de eso). Aquí me ahogo. Los “vecinos” son lo más insano que hay para la salud mental de cualquier persona. No quiero volver a ver sus caras nunca, a saber de ellos, a oir sus nombres.
Mataría por un hogar, por unas horas, dentro de 5 días.
Y Edith Piaf cantando “non, je ne regrette rien, rien de rien .. .»
La mañana es lluviosa, con nubes bajas que parecen que acabarán aplastando la ciudad. Quise llegar cansado para dormir bien y levantarme con ánimo. Me levanto como si me acabara de acostar. Coger un bolígrafo es un esfuerzo espantoso. Trabajo atrasado (aunque trabajase 24 horas, 7 días, 52 semanas tendría cosas que hacer). Intento sacarlo adelante. Hoy queda el mismo montón.
Estaba contento porque P, un amigo de la infancia, venía aquí a vivir. Ya tendría algo que hacer el finde en tercer grado. Comí el sábado con él. Un “hogar” durante unas horas. Se marcha 6 meses a trabajar a Valencia.
Lunes, con esta víspera, todo estaría bien. Todo menos no poder dormir hasta las 2.00 (y gracias a la industria farmaceutica, que cuida de que podamos dormir artificialmente, para no pensar). La mañana pesa como una eternidad. La siesta es peor, me quiero despertar porque tengo pesadillas, pero estoy demasiado cansado. Más vale que esa media hora, normalmente 10 minutos, me hacían falta.
Necesito salir de aquí, un cambio de aires. Vivir entre otras cuatro paredes, para que parezca que estoy empezando de nuevo, que esa es la oportunidad (la oportunidad es cada día, pero en otra ocasión hablaremos de eso). Aquí me ahogo. Los “vecinos” son lo más insano que hay para la salud mental de cualquier persona. No quiero volver a ver sus caras nunca, a saber de ellos, a oir sus nombres.
Mataría por un hogar, por unas horas, dentro de 5 días.
Y Edith Piaf cantando “non, je ne regrette rien, rien de rien .. .»
13 noviembre 2003
Estoy hasta las pelotas!!!!!! esto es insoportable, me tengo que ir a casa pero las 5 horas de trayecto en cda sentido me impiden ver con claridad. A ver si hay algún vuelo barato...
Miguel se marchó, la chica se marchó, sólo quedamos parias que no nos unimos en nombre de ninguna internacional, ni nacional ni local. No puede ser.
El derecho va para adelante, eso está bien, pero a veces dudo. Sé que debería disparar, pero dudo. No estoy hecho de acero, ni de piedra, si al menos fuera arcilla cocida alfarera... pero no, la materia más blanda del mundo: carne de persona.
Miguel se marchó, la chica se marchó, sólo quedamos parias que no nos unimos en nombre de ninguna internacional, ni nacional ni local. No puede ser.
El derecho va para adelante, eso está bien, pero a veces dudo. Sé que debería disparar, pero dudo. No estoy hecho de acero, ni de piedra, si al menos fuera arcilla cocida alfarera... pero no, la materia más blanda del mundo: carne de persona.
12 noviembre 2003
Casualidad: Fue casualidad que la fiesta del viernes, a la que acudí vestido de asiático, la diese el hijo del Secretario de la casa real (quién me iba a decir que acabaría allí), pero más casualidad que, por circunstancias, discutiese con él y con su mejor amigo hace 3 o 4 meses, sin que supiese quienes eran. También fue casualidad que, antes de entrar, pisase el “regalo” de un amante de los perros. Toda la noche sin atreverme a poner el pie en ninguna posición (zapatos con suela llena de rendijas).
Fue casualidad que el día que me echó de su vida, fuera el único en que no hizo sol, de todos los que dormí en su casa. También lo fue que no tuviese batería, por lo que tuve que volver a Alcatraz a recargar el móvil (aproveché para postear, así me quedó…). Al final quedé con una chica que en la agenda tiene el nombre de “comodín”. Daba una fiesta en su casa. Me encontré a otro “residente” y hablando con un chico al que no había visto en mi vida, en un giro de la conversación descubro que vivió en Lyon con un conocido mío, en un estudio minúsculo.
Fue casualidad que mi “vecino” de enfrente tuviese la misma situación que yo el sábado. Este finde en tercer grado beberemos, probablemente, un buen ron.
Ayer, tras 20 meses, Miguel se marchó. Es un “inquilino” con el que tuve poco trato, vemos la vida diferente, pero es de esas personas que merece la pena conocer, es buena persona. Me dio consejos, algunas pertenencias que no le servirán en el futuro, y le dije cuál era su apodo: Ho chi min. Me enseño lo que encontró en el doble fondo de madera del armario: una revista del año 68, “La Cina”, ya desaparecida. En su portada se puede ver a Mao y a Ho chi min. Él ha dejado otra. Me da pena que se vaya, aunque me alegro por él. Me da pena no haberlo conocido mejor.
He vuelto a la senda de los elefantes. Los elefantes macho, una vez llegados a la edad adulta, son abandonados por la manada, formada por crías y elefantes hembra. Pasan el resto de su vida solos, salvo ciertas épocas. Sus genes así se lo indican. Una gran ventaja… en una sociedad donde vivimos en grandes aglomeraciones, pero donde nadie conoce a nadie.
Fue casualidad que el día que me echó de su vida, fuera el único en que no hizo sol, de todos los que dormí en su casa. También lo fue que no tuviese batería, por lo que tuve que volver a Alcatraz a recargar el móvil (aproveché para postear, así me quedó…). Al final quedé con una chica que en la agenda tiene el nombre de “comodín”. Daba una fiesta en su casa. Me encontré a otro “residente” y hablando con un chico al que no había visto en mi vida, en un giro de la conversación descubro que vivió en Lyon con un conocido mío, en un estudio minúsculo.
Fue casualidad que mi “vecino” de enfrente tuviese la misma situación que yo el sábado. Este finde en tercer grado beberemos, probablemente, un buen ron.
Ayer, tras 20 meses, Miguel se marchó. Es un “inquilino” con el que tuve poco trato, vemos la vida diferente, pero es de esas personas que merece la pena conocer, es buena persona. Me dio consejos, algunas pertenencias que no le servirán en el futuro, y le dije cuál era su apodo: Ho chi min. Me enseño lo que encontró en el doble fondo de madera del armario: una revista del año 68, “La Cina”, ya desaparecida. En su portada se puede ver a Mao y a Ho chi min. Él ha dejado otra. Me da pena que se vaya, aunque me alegro por él. Me da pena no haberlo conocido mejor.
He vuelto a la senda de los elefantes. Los elefantes macho, una vez llegados a la edad adulta, son abandonados por la manada, formada por crías y elefantes hembra. Pasan el resto de su vida solos, salvo ciertas épocas. Sus genes así se lo indican. Una gran ventaja… en una sociedad donde vivimos en grandes aglomeraciones, pero donde nadie conoce a nadie.
08 noviembre 2003
EXPULSIÓN DEL PARAISO.
¿Cómo contar una historia donde se pasa del cielo al infierno de la vuelta a alcatraz de un día para otro? ¿Cómo no mezclar los detalles de ternura sin ninguna repercusión con el fondo de la cuestión? Lo voy a intentar.
Hace dos semanas, conocí a A. Una casualidad, ella se quedaba en Madrid ese fin de semana, no lo hace casi nunca pero no le quedó otra opción. Un amigo común nos presentó. Conectamos a primera vista. Esa misma noche compartimos cama. Pero al día siguiente, además, me pidió que me quedase a comer, a cenar, y a dormir otra vez.
La semana pasó tensa, esperando que me llamase, que yo le llamase. El viernes volví a su casa, en principio para vernos sin más. Antes de dos horas éramos dos cuerpos latiendo a la vez. El sábado por la mañana también. Conversación incesante, sobre los temas que te interesan y que casi no puedes hablar con nadie. Los mismos gustos (matices como Kandinski/Magritte cuál es mejor).
Palabras como nunca me han dicho: “por favor, dime que me quieres” gritó en más de una ocasión, “este verano, tus días de permiso, me los reservas”, “si me lo pides, el año que viene me quedo en Madrid y no pido el traslado”… para que seguir. La última vez, antes de ella, que alguien hizo algo por mi, me eché a llorar. Hacía demasiado tiempo que no me pasaba.
Lunes, llama. Por favor, antes de volver al tercer grado, ven a verme. Así lo hago. Martes, cine. Se molesta porque tengo que volver al tercer grado y no puedo compartir lecho. Me dice que el viernes hay una fiesta con sus compañeros de promoción: presentación en sociedad. Miércoles, digo, voy a tener un detalle con ella. Voy a buscarla a clase de árabe. Segunda casualidad, ha llegado tarde y se le ha muerto el móvil, espero más de una hora y no puedo hablar con ella. Voy a su casa, queda mucho peor. De repente, tensión. Para ese momento, ya ha hablado de mi a sus jefes, a sus compañeros, y por supuesto a nuestro amigo.
Viernes, voy a la fiesta. Sábado a la mañana, preparo el desayuno. El aria de Tosca, cuando el muere, Stabat Mater de Pergolessi, Cruz de navajas, Aznavour, La mataré de Loquillo. Falta Calle Melancolía, pero se siente en el aire. Antes, al despertarme, dudé entre irme y dejar una nota o comprar el periódico. Decidí comprarlo y esperar. Había soñado que me echaban de una casa. Decido quedarme y ver.
Vamos a hacer sus compras. Pareja normal, como de siempre. Qué vino quieres, invito yo, dice. Te gusta el couscous, lo cocino bien, invita. Vamos a por sales de baño, ordena.
Sábado por la tarde. Sin mediar palabra, recién dejadas las compras, sin comer, a eso de las 16. “No podemos seguir juntos.” Así, a sangre fría, entre la tercera y la cuarta costilla; le atravesamos un pulmón, la víctima se desangra y se asfixia, y no puede gritar. Todo, con un abrazo, con caricias. “Buscas cariño, igual que yo. Yo no te lo puedo dar”.
Me quiero ir. Todavía tengo dignidad, u orgullo, nunca supe diferenciarlos. “No te vayas,” dice “Pasa la tarde conmigo”. Me acompaña hasta la calle, diciendo que igual se ha equivocado. “No pasa nada, así es la vida” le respondo bajando la cara para disimular una lágrima, mientras fuerzo la voz. Nunca quise dar pena. “La vida no es así, no tiene que ser así” contesta. Siempre me acordaré de esta frase. Cada mañana.
“Piénsatelo” le pedí tragándome el orgullo. Esta semana se va. Inconscientemente espero que me llame, encender el móvil y ver una llamada perdida, que en recepción me den un recado, un mail...
Comentarios: dionisios77@hotmail.com
Hay una escena de una buena película de cine español “Sobreviviré”, en la que Emma Suarez le pregunta a Juan Diego Botto, cuánto tiempo van a bailar. El responde “mientras dure la música”. Durante dos semanas pensé que la música no se iba a parar, por lo menos de momento.
Ahora, el dulce deja paso al amargo. Todavía estoy de tercer grado. Mañana por la mañana la resaca será dura.
Cada mañana, al levantarme en Alcatraz, recordaré las dos semanas en que mi vida tuvo colores.
¿Cómo contar una historia donde se pasa del cielo al infierno de la vuelta a alcatraz de un día para otro? ¿Cómo no mezclar los detalles de ternura sin ninguna repercusión con el fondo de la cuestión? Lo voy a intentar.
Hace dos semanas, conocí a A. Una casualidad, ella se quedaba en Madrid ese fin de semana, no lo hace casi nunca pero no le quedó otra opción. Un amigo común nos presentó. Conectamos a primera vista. Esa misma noche compartimos cama. Pero al día siguiente, además, me pidió que me quedase a comer, a cenar, y a dormir otra vez.
La semana pasó tensa, esperando que me llamase, que yo le llamase. El viernes volví a su casa, en principio para vernos sin más. Antes de dos horas éramos dos cuerpos latiendo a la vez. El sábado por la mañana también. Conversación incesante, sobre los temas que te interesan y que casi no puedes hablar con nadie. Los mismos gustos (matices como Kandinski/Magritte cuál es mejor).
Palabras como nunca me han dicho: “por favor, dime que me quieres” gritó en más de una ocasión, “este verano, tus días de permiso, me los reservas”, “si me lo pides, el año que viene me quedo en Madrid y no pido el traslado”… para que seguir. La última vez, antes de ella, que alguien hizo algo por mi, me eché a llorar. Hacía demasiado tiempo que no me pasaba.
Lunes, llama. Por favor, antes de volver al tercer grado, ven a verme. Así lo hago. Martes, cine. Se molesta porque tengo que volver al tercer grado y no puedo compartir lecho. Me dice que el viernes hay una fiesta con sus compañeros de promoción: presentación en sociedad. Miércoles, digo, voy a tener un detalle con ella. Voy a buscarla a clase de árabe. Segunda casualidad, ha llegado tarde y se le ha muerto el móvil, espero más de una hora y no puedo hablar con ella. Voy a su casa, queda mucho peor. De repente, tensión. Para ese momento, ya ha hablado de mi a sus jefes, a sus compañeros, y por supuesto a nuestro amigo.
Viernes, voy a la fiesta. Sábado a la mañana, preparo el desayuno. El aria de Tosca, cuando el muere, Stabat Mater de Pergolessi, Cruz de navajas, Aznavour, La mataré de Loquillo. Falta Calle Melancolía, pero se siente en el aire. Antes, al despertarme, dudé entre irme y dejar una nota o comprar el periódico. Decidí comprarlo y esperar. Había soñado que me echaban de una casa. Decido quedarme y ver.
Vamos a hacer sus compras. Pareja normal, como de siempre. Qué vino quieres, invito yo, dice. Te gusta el couscous, lo cocino bien, invita. Vamos a por sales de baño, ordena.
Sábado por la tarde. Sin mediar palabra, recién dejadas las compras, sin comer, a eso de las 16. “No podemos seguir juntos.” Así, a sangre fría, entre la tercera y la cuarta costilla; le atravesamos un pulmón, la víctima se desangra y se asfixia, y no puede gritar. Todo, con un abrazo, con caricias. “Buscas cariño, igual que yo. Yo no te lo puedo dar”.
Me quiero ir. Todavía tengo dignidad, u orgullo, nunca supe diferenciarlos. “No te vayas,” dice “Pasa la tarde conmigo”. Me acompaña hasta la calle, diciendo que igual se ha equivocado. “No pasa nada, así es la vida” le respondo bajando la cara para disimular una lágrima, mientras fuerzo la voz. Nunca quise dar pena. “La vida no es así, no tiene que ser así” contesta. Siempre me acordaré de esta frase. Cada mañana.
“Piénsatelo” le pedí tragándome el orgullo. Esta semana se va. Inconscientemente espero que me llame, encender el móvil y ver una llamada perdida, que en recepción me den un recado, un mail...
Comentarios: dionisios77@hotmail.com
Hay una escena de una buena película de cine español “Sobreviviré”, en la que Emma Suarez le pregunta a Juan Diego Botto, cuánto tiempo van a bailar. El responde “mientras dure la música”. Durante dos semanas pensé que la música no se iba a parar, por lo menos de momento.
Ahora, el dulce deja paso al amargo. Todavía estoy de tercer grado. Mañana por la mañana la resaca será dura.
Cada mañana, al levantarme en Alcatraz, recordaré las dos semanas en que mi vida tuvo colores.
04 noviembre 2003
Siento la escasa calidad, pero con las prisas por las broncas y lo que queda por hacer... en cualquier caso prefería postear que postponer.
Demencial, no encuentro otra palabra para la semana: currando como un loco, y, en los momentos en que podía respirar, 2 constantes: la peaso de bronca que me hecho el “prepa” (lo más parecido a un jefe que puedo tener) que casi me hecho a llorar, y que me llamase A.
A me llamo, de pasada, el viernes. Para verme 5 minutos la noche de permiso. Fui a su casa. Entrada fría, dice que no me quiere ver en público. Su compañera tenía a su hermana en el salón esa noche asi que cenamos y nos fuimos. Antes de una hora estábamos de vuelta, la tensión sexual era increíble. Nos daba igual el mundo. Dos cuerpos latiendo a la vez. La mañana, insuperable. Amor. 2 días antes no sabía si la iba a volver a ver. Esa mañana me llegó a decir si quería que se quedase el año que viene, sin destino. Fue increíble. Pase lo que pase al final es de lo más bonito que me han podido decir nunca.
La tarde, horrible. En principio gracias a una comida horrible en todos los aspectos. Todo cerrado (los ordenadores también, así que ni postear ni contestar. Debe ser el contrato que les prohíbe trabajar más de 40 horas, como a las personas), la neverita (mi unica alegria hasta que conoci a A) vacía como mi estómago. Necesito aprender inglés, he olvidado el que tuve en Londres.
La noche. Fiesta de ingenieros de teleco de Pamplona en Madrid. Para acabar el día de permiso lo mejor. Creo que no tengo nada en común con ninguno. Vuelta a presidio sin siquiera cenar.
Domingo. Cuando las cosas van mal, siempre pueden ir peor. Un día pasé la tarde con un colega, para darle ánimo. Se examinaba de 3 años de estudios a las 20.00. El domingo me dijo que no lo hiciese de nuevo. Por lo que dijo, y tiene razón, si llego a querer hacerlo peor, no lo hubiese sabido.
Lunes, llama A. Noche juntos. Besos y caricias (para mí pocas). Situación en el ambiente: llevamos poco, pero como si nos conociesemos de siempre. Yo, pensando que, por mi situación, el día menos pensado me dice que ha encontrado algo mejor. Ella, pensando que no sabe si esto es amor de pareja o amor de madre, pero que es amor y que no quiere dejar que se escape.
Hay momentos de indecisión, cuando se dice, o no se dice algo, para no echar leña al fuego, que pueden hacer apagar la llama recién nacida. El momento de “prefiero que no nos vean”, aunque fue un instante, y luego, con hechos, tapado y desterrado, dolió. Se lo llevó el olvido. Pero, si se quiere a alguien, se quiere para todo. Aunque no se diga. Decirlo es fácil. Se tiene que notar. Hay que hacerlo sentir. Eso sí que queda dentro del corazón.
Esta noche, cine con las entradas de su jefe. El viernes, fiesta de disfraces, no sé con quien.
Tengo una alegría que me hace levantarme por las mañanas.
A me llamo, de pasada, el viernes. Para verme 5 minutos la noche de permiso. Fui a su casa. Entrada fría, dice que no me quiere ver en público. Su compañera tenía a su hermana en el salón esa noche asi que cenamos y nos fuimos. Antes de una hora estábamos de vuelta, la tensión sexual era increíble. Nos daba igual el mundo. Dos cuerpos latiendo a la vez. La mañana, insuperable. Amor. 2 días antes no sabía si la iba a volver a ver. Esa mañana me llegó a decir si quería que se quedase el año que viene, sin destino. Fue increíble. Pase lo que pase al final es de lo más bonito que me han podido decir nunca.
La tarde, horrible. En principio gracias a una comida horrible en todos los aspectos. Todo cerrado (los ordenadores también, así que ni postear ni contestar. Debe ser el contrato que les prohíbe trabajar más de 40 horas, como a las personas), la neverita (mi unica alegria hasta que conoci a A) vacía como mi estómago. Necesito aprender inglés, he olvidado el que tuve en Londres.
La noche. Fiesta de ingenieros de teleco de Pamplona en Madrid. Para acabar el día de permiso lo mejor. Creo que no tengo nada en común con ninguno. Vuelta a presidio sin siquiera cenar.
Domingo. Cuando las cosas van mal, siempre pueden ir peor. Un día pasé la tarde con un colega, para darle ánimo. Se examinaba de 3 años de estudios a las 20.00. El domingo me dijo que no lo hiciese de nuevo. Por lo que dijo, y tiene razón, si llego a querer hacerlo peor, no lo hubiese sabido.
Lunes, llama A. Noche juntos. Besos y caricias (para mí pocas). Situación en el ambiente: llevamos poco, pero como si nos conociesemos de siempre. Yo, pensando que, por mi situación, el día menos pensado me dice que ha encontrado algo mejor. Ella, pensando que no sabe si esto es amor de pareja o amor de madre, pero que es amor y que no quiere dejar que se escape.
Hay momentos de indecisión, cuando se dice, o no se dice algo, para no echar leña al fuego, que pueden hacer apagar la llama recién nacida. El momento de “prefiero que no nos vean”, aunque fue un instante, y luego, con hechos, tapado y desterrado, dolió. Se lo llevó el olvido. Pero, si se quiere a alguien, se quiere para todo. Aunque no se diga. Decirlo es fácil. Se tiene que notar. Hay que hacerlo sentir. Eso sí que queda dentro del corazón.
Esta noche, cine con las entradas de su jefe. El viernes, fiesta de disfraces, no sé con quien.
Tengo una alegría que me hace levantarme por las mañanas.