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Que la vida iba en serio, eso lo descubrí más tarde. Como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante.
27 septiembre 2004
La vuelta al estudio ha sido menos dura que otras veces. Probablemente tendrá mucho que ver mi nuevo hogar: comparto piso con una finlandesa que apenas habla español, pero que tiene una sonrisa de anuncio perenne, una alemana que parece una lesbiana también de anuncio (nos empezamos a llevar mal, porque no entiende que haya gente en el mundo que no disfrute de un Erasmus y tenga obligaciones), con la que tengo una relación tranquila y una soprano gallega, Begoña, que, de momento, me parece un encanto. Tenemos muchas cosas en común y muchas diferencias, lo que le da gracia a la relación.
Hablaré de ella un poco, personalidad interesante: enamoradiza, sensual, con aires de actriz italiana de los 60, una voz que cuando ensaya y entras en casa parece que llegas al paraiso, y amante de los hombres como he conocido a pocas. Salimos juntos una noche y le pasó lo que no esperaba, se enamoró de un físico, pero el dueño de ese cuerpo, cansado de fachadas sin cerebro, no se cansa de quedar con ella para mirarla y hablar, me imagino que esperando que, tras unas semanas, vuelvan a la cama, pero no a follar como al principio, sino a hacer el amor.
Yo, mientras, duermo en la misma cama que Vanessa (la chica que me dejó antes de ir a Cuba, con quien me acosté por primera vez, hace 9 años), y sólo nos acariciamos; he conocido a Viridiana, niña de 19 años, con labios carnosos como pocos, hija de diplomático francés, que a fuerza de tener todo fácil en la vida se dedica a la masturbación intelectual; su ex-novio, de 27, nos interrumpió ayer en una tetería llamándola al móvil, mientras, tras la conversación, nos mirábamos las bocas haciéndonos esperar. Cada vez que nos despedimos dudo sobre si la volveré a ver, nunca se acerca, me mira de lejos, y me dice que me llamará si no tiene algo "que le ilumine el día". Yo la quiero para dar un poco de luz a las noches, mientras oiría su risa casi pura. Helena ya ha hablado de mi en su casa y queda poco para que conozca a su padre, jefazo del ministerio. Por supuesto, Vanessa sabe que existen ellas, y Maité, aunque no que espero carta de ese cielo de mulata.
Por fin algo interesante que contar, a ver cuanto dura.
Hablaré de ella un poco, personalidad interesante: enamoradiza, sensual, con aires de actriz italiana de los 60, una voz que cuando ensaya y entras en casa parece que llegas al paraiso, y amante de los hombres como he conocido a pocas. Salimos juntos una noche y le pasó lo que no esperaba, se enamoró de un físico, pero el dueño de ese cuerpo, cansado de fachadas sin cerebro, no se cansa de quedar con ella para mirarla y hablar, me imagino que esperando que, tras unas semanas, vuelvan a la cama, pero no a follar como al principio, sino a hacer el amor.
Yo, mientras, duermo en la misma cama que Vanessa (la chica que me dejó antes de ir a Cuba, con quien me acosté por primera vez, hace 9 años), y sólo nos acariciamos; he conocido a Viridiana, niña de 19 años, con labios carnosos como pocos, hija de diplomático francés, que a fuerza de tener todo fácil en la vida se dedica a la masturbación intelectual; su ex-novio, de 27, nos interrumpió ayer en una tetería llamándola al móvil, mientras, tras la conversación, nos mirábamos las bocas haciéndonos esperar. Cada vez que nos despedimos dudo sobre si la volveré a ver, nunca se acerca, me mira de lejos, y me dice que me llamará si no tiene algo "que le ilumine el día". Yo la quiero para dar un poco de luz a las noches, mientras oiría su risa casi pura. Helena ya ha hablado de mi en su casa y queda poco para que conozca a su padre, jefazo del ministerio. Por supuesto, Vanessa sabe que existen ellas, y Maité, aunque no que espero carta de ese cielo de mulata.
Por fin algo interesante que contar, a ver cuanto dura.
16 septiembre 2004
" El verano acabó, el otoño duró lo que tarda..."
Ya se acabo el verano y ya estamos de vuelta. Agosto mereció la pena, reencuentro con familia y amigos, disfrutando de la gente de siempre para, la segunda quincena, ir a conocer un país que me llamaba la atención desde hacía tiempo: Cuba.
Sobre Cuba, demasiadas impresiones, sensaciones, experiencias para poder contarlas. Viaje solo (no, no fui a eso que estaís pensando) y disfruté como nunca.
La vuelta, muy dura, dejar a Maité, una mulata encantadora con la que compartí 3 días inolvidables (sin sexo) para entrar en la resi de opositores se presentaba mal. Pero Mary Poppins llegó el lunes (Natasha, una alemana de origen español que conocí en París hace un año y que entra y sale de mi vida sin avisar) y encontramos un piso bonito, bueno y barato, para compartir con una soprano y 2 erasmus: alemana y finlandesa.
No hay internet (ni salón, no habrá fiestas ni sofa), así que posteare una vez por semana aproximandamente, para contar como va todo desde la nueva ventana que tengo, ahora desde un último piso hacia un patio interior.
ABIERTO POR OPOSICIÓN.
Ya se acabo el verano y ya estamos de vuelta. Agosto mereció la pena, reencuentro con familia y amigos, disfrutando de la gente de siempre para, la segunda quincena, ir a conocer un país que me llamaba la atención desde hacía tiempo: Cuba.
Sobre Cuba, demasiadas impresiones, sensaciones, experiencias para poder contarlas. Viaje solo (no, no fui a eso que estaís pensando) y disfruté como nunca.
La vuelta, muy dura, dejar a Maité, una mulata encantadora con la que compartí 3 días inolvidables (sin sexo) para entrar en la resi de opositores se presentaba mal. Pero Mary Poppins llegó el lunes (Natasha, una alemana de origen español que conocí en París hace un año y que entra y sale de mi vida sin avisar) y encontramos un piso bonito, bueno y barato, para compartir con una soprano y 2 erasmus: alemana y finlandesa.
No hay internet (ni salón, no habrá fiestas ni sofa), así que posteare una vez por semana aproximandamente, para contar como va todo desde la nueva ventana que tengo, ahora desde un último piso hacia un patio interior.
ABIERTO POR OPOSICIÓN.
30 julio 2004
Dos pensamientos me rondaban la cabeza desde ayer. Dos pensamientos que no me podía quitar de encima, que han entrado en mis sueños. El primero en el fondo y en segundo en la imagen de lo que he soñado esta noche (Sí, esas relaciones extrañas y a la vez tan reales que hacen los sueños). Dos pensamientos que se han visto eclipsados por un sentimiento.
Primero me llamaba la atención la costumbre tan humana de meterse en la vida de los demás, independientemente de qué relación se tenga. No me refiero a preguntar a la gente por sus cosas, ni ha hablar de ellas, generalmente para mal (mientras los que deberían hablar callan, y así va el mundo). Tampoco a imaginarse las historias que arrastran esas personas que nos llaman la atención de vez en cuando. Me refiero a la costumbre de juzgar a la gente, sean quienes sean; los conozcamos de lo que los conozcamos. Generalmente de poco, por no decir que únicamente hemos compartido espacio en un vagón de metro, o cafetería.
Y me llama la atención porque ya varias veces, desde un coche, o un vagón de metro que se cierra, me han dicho algo. Nunca acierto a entender lo que, y me queda la curiosidad de saber qué les ha llamado la atención de mi ropa o físico que han hecho el esfuerzo de decirme algo, en lugar de dejarme a un lado como a tantos desconocidos, cada día, en cada punto de la ciudad.
Después por la tarde, he comprendido la importancia de la estética, de las formas. Nueve de la noche, vagón de metro a media capacidad, entra una pareja de sudamericanos de alrededor de cuarenta años. Él, gris, uno más del montón. Ella, menos del metro y medio, más de los setenta kilos, con un vello facial más que visible, comienza a dar de mamar a una criatura de unos dos meses de edad. Esa imagen me ronda desde ayer por la tarde.
Hay parte de la estética que viene dada, que nos ha tocado, se puede ser guapo o feo, más guapo o más feo; pero hay un gusto, puede que heredado, puede que aprendido, que es casi necesario (y que nunca tuve, salvo en ocasiones).
Y hoy, todo, menos la imagen, ha perdido importancia. Hoy salía la nota del segundo ejercicio, de ese ejercicio que me hubiese gustado hacer. Después de casi dos meses suspendido, pensaba haberlo superado, y, cómo vivo al lado del lugar donde se publican las notas, he ido para avisar a los aprobados.
No ha sido una sensación de envidia, tan común en general, y particularmente entre Tarifa y los Pirineos. Ha sido una sensación de volver a fracasar, de sentir que yo debería haber tenido la oportunidad de enfrentarme a ese examen, de sentirme humillado en cierta manera otra vez al tener que llamar a los aprobados, a mis compañeros.
Pasado mañana me marcho, para un més, por fin. Los casi cuarenta grados me han mantenido en un estado de sopor casi envidiable si no fuera por el estrés acumulado. He leído algo y estudiado, pero no he escrito. Ahora lo hago como comienzo de un posible paréntesis que durará hasta septiembre.
Ningún plan en el horizonte, mientras media humanidad se baña en playas, paradisíacas o atestadas, buscando algo nuevo, mientras media humanidad cambia por unos días de ciudad e incluso de país. Yo sólo busco el volver a mi casa, para poder aburrirme de ella. Para desear volver.
Primero me llamaba la atención la costumbre tan humana de meterse en la vida de los demás, independientemente de qué relación se tenga. No me refiero a preguntar a la gente por sus cosas, ni ha hablar de ellas, generalmente para mal (mientras los que deberían hablar callan, y así va el mundo). Tampoco a imaginarse las historias que arrastran esas personas que nos llaman la atención de vez en cuando. Me refiero a la costumbre de juzgar a la gente, sean quienes sean; los conozcamos de lo que los conozcamos. Generalmente de poco, por no decir que únicamente hemos compartido espacio en un vagón de metro, o cafetería.
Y me llama la atención porque ya varias veces, desde un coche, o un vagón de metro que se cierra, me han dicho algo. Nunca acierto a entender lo que, y me queda la curiosidad de saber qué les ha llamado la atención de mi ropa o físico que han hecho el esfuerzo de decirme algo, en lugar de dejarme a un lado como a tantos desconocidos, cada día, en cada punto de la ciudad.
Después por la tarde, he comprendido la importancia de la estética, de las formas. Nueve de la noche, vagón de metro a media capacidad, entra una pareja de sudamericanos de alrededor de cuarenta años. Él, gris, uno más del montón. Ella, menos del metro y medio, más de los setenta kilos, con un vello facial más que visible, comienza a dar de mamar a una criatura de unos dos meses de edad. Esa imagen me ronda desde ayer por la tarde.
Hay parte de la estética que viene dada, que nos ha tocado, se puede ser guapo o feo, más guapo o más feo; pero hay un gusto, puede que heredado, puede que aprendido, que es casi necesario (y que nunca tuve, salvo en ocasiones).
Y hoy, todo, menos la imagen, ha perdido importancia. Hoy salía la nota del segundo ejercicio, de ese ejercicio que me hubiese gustado hacer. Después de casi dos meses suspendido, pensaba haberlo superado, y, cómo vivo al lado del lugar donde se publican las notas, he ido para avisar a los aprobados.
No ha sido una sensación de envidia, tan común en general, y particularmente entre Tarifa y los Pirineos. Ha sido una sensación de volver a fracasar, de sentir que yo debería haber tenido la oportunidad de enfrentarme a ese examen, de sentirme humillado en cierta manera otra vez al tener que llamar a los aprobados, a mis compañeros.
Pasado mañana me marcho, para un més, por fin. Los casi cuarenta grados me han mantenido en un estado de sopor casi envidiable si no fuera por el estrés acumulado. He leído algo y estudiado, pero no he escrito. Ahora lo hago como comienzo de un posible paréntesis que durará hasta septiembre.
Ningún plan en el horizonte, mientras media humanidad se baña en playas, paradisíacas o atestadas, buscando algo nuevo, mientras media humanidad cambia por unos días de ciudad e incluso de país. Yo sólo busco el volver a mi casa, para poder aburrirme de ella. Para desear volver.
15 julio 2004
Desde hace varios años suelo ir al cine solo. Lo hice un día, por circunstancias, y hoy rara es la vez en que voy a la taquilla acompañado. Los gustos, más o menos parecidos: salvo excepciones, películas de autor, en versión original cuando es posible. Sin embargo, últimamente estás películas me están haciendo pensar demasiado; nunca me gustó el cine de pasar el rato como objetivo, aunque tampoco hace falta que todo sea desagradable. Pero ahora, cuando veo una película, se me ocurren demasiadas ideas, me vienen a la cabeza situaciones que he vivido o que he conocido de cerca, libros en los que se toca el tema, canciones que hablan sobre ello.
El viernes fui a “El último beso”. Una película italiana casi del corte de “Tu hada ignorante”. Las dos me gustaron mucho y las dos hablan de la vida común de los mortales, sin excesos ni en el lujo ni en la miseria, aunque cerca de ambas. Y descubrí que, dentro de esos márgenes, la vida se resume a hacer o no hacer y a saber que se puede hacer, en el sentido amplio del verbo.
Creo que, de los tres elementos, el más importante es el tercero. Saber que se puede hacer. Es el concepto de libertad: tener posibilidades para elegir. Aunque luego elijas quedarte donde estás. Saber que puedes leer lo que quieras, salir a la calle y conocer gente (como si fuera tan fácil), viajar… soñar con hacer algo y saber que se podría conseguir, eso es la libertad.
Eso quiero creer. Quiero creer, como Sísifo para Camus, que quiero llevar la piedra hasta la montaña para que caiga de nuevo, que quiero pasar estos años en esta habitación estudiando. Para ser feliz hay que querer lo que se hace, decía Sartre. Para saber que soy libre voy cada día hasta la puerta y la abro, para ver que puedo salir (el peluquero del marido de la peluquera).
Y aquí estoy, soñando con ser algún día diplomático, mientras el ministro de Asuntos Exteriores español se vende a cualquiera con 100 kilos de dinamita, siguiendo el consejo de Daniela (la mexicana de París, me la encontré en Madrid, me invitó a comer, y me recomendó humildad), esperando que llame Helena (otra vez capricho de niña rica), que Alexia quiera ir a Portugal, pensando en Santi (me dijeron que ese que presentó como su amigo era su novio, y desde entonces, aunque no me importe, me viene a la cabeza cuando me despisto), intentando no pensar en que tengo que volver a casa (porque la guerra que me dan mi padre y mis amigos de otro tiempo raya el surrealismo), recordando las confesiones de un compañero de “cuartel” (26 tacos, virgen, y sin conocer la masturbación hasta los 25), y esperando, como siempre, algo nuevo a la vuelta de la esquina, para sentir que vivo.
El viernes fui a “El último beso”. Una película italiana casi del corte de “Tu hada ignorante”. Las dos me gustaron mucho y las dos hablan de la vida común de los mortales, sin excesos ni en el lujo ni en la miseria, aunque cerca de ambas. Y descubrí que, dentro de esos márgenes, la vida se resume a hacer o no hacer y a saber que se puede hacer, en el sentido amplio del verbo.
Creo que, de los tres elementos, el más importante es el tercero. Saber que se puede hacer. Es el concepto de libertad: tener posibilidades para elegir. Aunque luego elijas quedarte donde estás. Saber que puedes leer lo que quieras, salir a la calle y conocer gente (como si fuera tan fácil), viajar… soñar con hacer algo y saber que se podría conseguir, eso es la libertad.
Eso quiero creer. Quiero creer, como Sísifo para Camus, que quiero llevar la piedra hasta la montaña para que caiga de nuevo, que quiero pasar estos años en esta habitación estudiando. Para ser feliz hay que querer lo que se hace, decía Sartre. Para saber que soy libre voy cada día hasta la puerta y la abro, para ver que puedo salir (el peluquero del marido de la peluquera).
Y aquí estoy, soñando con ser algún día diplomático, mientras el ministro de Asuntos Exteriores español se vende a cualquiera con 100 kilos de dinamita, siguiendo el consejo de Daniela (la mexicana de París, me la encontré en Madrid, me invitó a comer, y me recomendó humildad), esperando que llame Helena (otra vez capricho de niña rica), que Alexia quiera ir a Portugal, pensando en Santi (me dijeron que ese que presentó como su amigo era su novio, y desde entonces, aunque no me importe, me viene a la cabeza cuando me despisto), intentando no pensar en que tengo que volver a casa (porque la guerra que me dan mi padre y mis amigos de otro tiempo raya el surrealismo), recordando las confesiones de un compañero de “cuartel” (26 tacos, virgen, y sin conocer la masturbación hasta los 25), y esperando, como siempre, algo nuevo a la vuelta de la esquina, para sentir que vivo.
07 julio 2004
Dicen que cuando alguien a quien quieres se va, toda la ciudad se queda desierta. El jueves por la noche se marchó Frederik, mi amigo francés, uno de los pocos que cuentan en los dedos de mi mano mutilada. Y la ciudad sigue llena de náufragos buscando un lugar donde secarse al sol. Es mi tiempo el que se ha quedado desierto. Tardes de domingo, días de entre semana, una conversación sin que las palabras fueran necesarias. La amistad sólo llega cuando el silencio no es incómodo. Recordaré siempre cómo se le escaparon dos lágrimas cuando nos abrazamos, en estos tiempos en que ya casi nadie entiende que exista el amor-amistad.
30 junio 2004
Hoy es uno de esos días de calor de mitad de verano. Uno de esos días en que la temperatura te hace despertar de madrugada, cuando queda tan poco tiempo para levantarse que no merece la pena hacer el esfuerzo de intentar volver a dormir. En ese tiempo hasta el alba nunca estamos solos: nos deslizamos de idea en idea, con esa calma del que no tiene prisa porque no tiene un destino al que llegar.
Ayer salí por la noche, celebrando que estaba vivo. Vino un amigo, cenamos y tomamos incontables copas a lo largo de esa noche de martes. Estábamos vivos. Hablamos y hablamos sin parar. Esta vez sin arreglar el mundo, sin tocar temas de historia y filosofía más que lo necesario. Hablamos de nosotros, de cada uno. Un poco de todos. De esa parte común a todas las personas y a todas las épocas.
Cada uno desde su colina caminamos al valle común. Él desde un síndrome de Peter Pan consciente, al que se ha entregado plenamente, conocedor de sus riesgos. Yo desde la pose del que acepta cínicamente unas reglas del juego que en realidad detesta. Los dos mirando hacia los eternos: la vida, la amistad, el amor y la muerte.
Hoy una carta en el buzón me ha hecho seguir celebrando la vida. Poder recordar noches como la de ayer, como la de la semana pasada con dos amigos de la infancia, y saber que habrá otras, esperar que haya otras, con los mismos amigos, o con otros que van quedando por el camino (Frederik, el francés que ha sido mi ventana al mundo este año, se marcha mañana), hacen que siga.
Hoy tengo un verano por delante en el que decidir cómo llenar el tiempo, una chica increíble, que salió de mi vida sin avisar, a la que olvidar. Y seguir celebrando el milagro de la vida.
Ayer salí por la noche, celebrando que estaba vivo. Vino un amigo, cenamos y tomamos incontables copas a lo largo de esa noche de martes. Estábamos vivos. Hablamos y hablamos sin parar. Esta vez sin arreglar el mundo, sin tocar temas de historia y filosofía más que lo necesario. Hablamos de nosotros, de cada uno. Un poco de todos. De esa parte común a todas las personas y a todas las épocas.
Cada uno desde su colina caminamos al valle común. Él desde un síndrome de Peter Pan consciente, al que se ha entregado plenamente, conocedor de sus riesgos. Yo desde la pose del que acepta cínicamente unas reglas del juego que en realidad detesta. Los dos mirando hacia los eternos: la vida, la amistad, el amor y la muerte.
Hoy una carta en el buzón me ha hecho seguir celebrando la vida. Poder recordar noches como la de ayer, como la de la semana pasada con dos amigos de la infancia, y saber que habrá otras, esperar que haya otras, con los mismos amigos, o con otros que van quedando por el camino (Frederik, el francés que ha sido mi ventana al mundo este año, se marcha mañana), hacen que siga.
Hoy tengo un verano por delante en el que decidir cómo llenar el tiempo, una chica increíble, que salió de mi vida sin avisar, a la que olvidar. Y seguir celebrando el milagro de la vida.
28 junio 2004
3 días en Marbella para recordar toda la vida. No. No hubo ninguna gran historia fantástica. Simplemente reencontrar la alegría de vivir.
La casa, un apartamento, altura 7ª, en el paseo marítimo, con la terraza dando al mar, una decoración preciosa y una playa muy agradable debajo.
La compañía, una chica rusa de origen judío, blanca hasta ser casi transparente, con unos ojos verdes luminosos que contrastaban terriblemente con esa piel clara. Inteligente e intuitiva. No hablaba español y sólo un poco de inglés, y aunque yo no hablo ruso ni alemán, nos pudimos entender. Espero verla un día en Viena. Jana.
Ella, guapa con avaricia, con unos ojos enormes tapados por gafas de intelectual. Cinco idiomas además del español, soprano, y, aparte de las carreras, con una cultura impresionante y un carácter envidiable. Una risa inconfundible y una mirada que intriga. Hubiese podido pasar mi vida al lado de ella. Helena.
Yo. Para los que me conoceis, sin comentarios. Para los que no, sólo decir que me tuvo que confundir con otro. Pero nunca se lo dije.
En los tres días nos reimos, hablamos, paseamos por la playa de noche y nos bañamos también de noche. Los 3. Aunque el único que se equivocó fui yo.
Conoci a Ainoa, de Bilbao, quien pensaba que éramos pareja. Ella y yo habíamos hablado un total de 30 minutos en todas nuestras vidas, antes de que yo conociese Marbella.
Dicen que, con las personas, no hay que hacerse ilusiones, para no ser defraudado. Y yo creía no habérmelas hecho. Esta madrugada he llegado a Madrid en autobús. Las esperé una hora en la estación. Y no aparecieron. Llamé y no contestaron. No sé si leyeron mis mensajes.
Las mujeres, como los gatos, siempre aparecen de repente. Y a veces salen de tu vida sin avisar.
Solo espero que ella haya entrado en la mía para quedarse por mucho tiempo. No como una aventura o algo pasajero, sino como aquellas personas que se metieron un día en la mía y ahora no puedo pensar en mi vida sin haberlas conocido.
La casa, un apartamento, altura 7ª, en el paseo marítimo, con la terraza dando al mar, una decoración preciosa y una playa muy agradable debajo.
La compañía, una chica rusa de origen judío, blanca hasta ser casi transparente, con unos ojos verdes luminosos que contrastaban terriblemente con esa piel clara. Inteligente e intuitiva. No hablaba español y sólo un poco de inglés, y aunque yo no hablo ruso ni alemán, nos pudimos entender. Espero verla un día en Viena. Jana.
Ella, guapa con avaricia, con unos ojos enormes tapados por gafas de intelectual. Cinco idiomas además del español, soprano, y, aparte de las carreras, con una cultura impresionante y un carácter envidiable. Una risa inconfundible y una mirada que intriga. Hubiese podido pasar mi vida al lado de ella. Helena.
Yo. Para los que me conoceis, sin comentarios. Para los que no, sólo decir que me tuvo que confundir con otro. Pero nunca se lo dije.
En los tres días nos reimos, hablamos, paseamos por la playa de noche y nos bañamos también de noche. Los 3. Aunque el único que se equivocó fui yo.
Conoci a Ainoa, de Bilbao, quien pensaba que éramos pareja. Ella y yo habíamos hablado un total de 30 minutos en todas nuestras vidas, antes de que yo conociese Marbella.
Dicen que, con las personas, no hay que hacerse ilusiones, para no ser defraudado. Y yo creía no habérmelas hecho. Esta madrugada he llegado a Madrid en autobús. Las esperé una hora en la estación. Y no aparecieron. Llamé y no contestaron. No sé si leyeron mis mensajes.
Las mujeres, como los gatos, siempre aparecen de repente. Y a veces salen de tu vida sin avisar.
Solo espero que ella haya entrado en la mía para quedarse por mucho tiempo. No como una aventura o algo pasajero, sino como aquellas personas que se metieron un día en la mía y ahora no puedo pensar en mi vida sin haberlas conocido.